la señora Philps incorporándose con viveza y asiendo con altivez el asa de la gran cafetera con su pequeña y ajada mano. El día de Navidad había comenzado. El tiempo para intentar decir cosas apropiadas sobre el regalo había terminado. Las seis manitas trajinaban entre los grandes objetos de la mesa. La blusa pendía real, una blusa, un glorioso exceso en su ropero apenas suficiente.—Sí, gracias, sí dormí—dijo ella con ardor, bajándola hasta las rodillas. El café, fuerte y con cuerpo, caía en las tazas. En un momento Grace iría repartiendo los platos con lonchas de tocino y Florrie habría terminado de extraer los huevos de la cazuela. Dejó la blusa con cuidado sobre el sofá y oyó, entre los ruidos de la mesa, los saludos que habían seguido a su llegada a la planta baja. El paisaje marrón y verde llamó su atención, viejo y quieto, reteniendo todo su conocimiento de los Brooms muy atrás, fresco con una nueva visita a ellos. Volvió el rostro hacia la mesa con un susurro. Alguien soltó una risita. Tal vez por algo que pasaba en la mesa. Miró a su alrededor. El aromático desayuno había aparecido ante ella—No dejes que se enfríe—se rio Florrie sacando el bote de mostaza de la escribanía y golpeándolo con fuerza frente a ella. Había algo que había olvidado, algún detalle que se estaba pasando por alto, algo que debía decirse en este momento para fijar la felicidad de todo aquello. Miró a Shakespeare y a la reina Victoria. Se estaba desvaneciendo—Mostaza—dijo Florrie dando golpecitos en la mesa con el bote de mostaza.—¿Oíste a los músicos de Navidad?—preguntó la señora Philps con melancólica acidez. Eso era. Se volvió con entusiasmo. La señora Philps estaba sorbiendo su café. Miriam esperó cortésmente con el tarro de mostaza en la mano hasta que ella dejó la taza y luego dijo con ansiedad, ofreciéndoselo—tocaron—Sírvete tú—se rio la señora Philps—una pieza preciosa, de lo más curiosa y anticuada—continuó con inquietud. Florrie la observaba atentamente. Esa era La rama de muérdago—se enorgulleció la señora Philps aceptando la mostaza.—Ah, esa es La rama de muérdago—meditó Miriam con estremecimiento. Así pues, la señora Philps la había oído y había sentido lo mismo en la noche. No faltaba nada. Todo lo que había sucedido
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