Su mundo era tenue y abierto; pero la rápida y lúcida decisión y la libertad de su inocente acogida en su dormitorio elevaron la mugrienta casa marrón de sus largos recuerdos a un nuevo trasfondo.
Iba a ser agasajada, con una identidad asumida y le gustara o no. Los cuatro hombres extraños en la pequeña salita trasera eran sus amigos competidores, los amigos de todas las jóvenes agradables. Él era quien había soltado la risa que ella había oído en el vestíbulo, por supuesto.
Jamás aparecían, pero de algún modo se habían enterado de su existencia y tenían sus extrañas e infundadas maneras prefijadas de pensar y hablar de ella. Al ser médicos y aún estudiantes, debían de ser la clase de hombres más odiosa y espantosa en relación con las mujeres, pensando y creyendo en todos los horrores de la ciencia médica; las cien reglas de oro de la ginecología; si hubiesen sido ingleses habrían ido por ahí haciendo que una deseara matarlos; pero no lo hacían; el doctor Hurd estaba estudiando la ginec’l’gía, pero no aplicaba sus feas mentiras a la vida; para los canadienses las mujeres eran personas… pero para el doctor Hurd todas eran la misma persona.
Esa noche, tanto el doctor Heber como el doctor Hurd aparecieron en la cena. La señora Bailey los acomodó bulliciosamente el uno enfrente del otro, a su derecha y a su izquierda. Miriam no podía creer que se fueran a quedar hasta que tomaron asiento. Se retiró al extremo opuesto de la mesa y ocupó su lugar a la derecha de Sissie, separada del doctor von Heber por el delgado noruego y el volumen saliente de la señora Barrow. El señor Mendizabal, con un lápiz y papel al lado del plato, estaba justo enfrente de ella. Sus ocurrencias méfiant, al compás de las risitas de Sissie y de las rápidas y sarcásticas observaciones de la señorita Strong, armaban un alboroto que encubría su silencio. No oyó nada de las diversas conversaciones que brotaban con naturalidad por toda la mesa. Los doctores eran fortalezas de serenidad lejanas, ajenos a su serenidad, ajenos a ella y a su extraordinaria aceptación de los Bailey y del señor Gunner como algo natural. …