ojos bajo el fulgor de la tarde calurosa; el bombín nuevo y pulcro con el pelo rojo asomando por debajo, la ropa de Montreal de buen corte sobre su figura recia y pulcra; inamovible, allí durante toda la tarde. Obligado a seguir y seguir aislado con la sonrisa rojiza y los ojos verdes chispeantes a través del calor de la tarde, en medio de una multitud deslumbrante de gente de ómnibus, camino a una banda de metales en el Albert Hall, creyendo que iban a un concierto. No sabía qué era lo que hacía un concierto. Sentado con los restos de su sonrisa, esperando las cosas que le habían enseñado a admirar, incapaz de encontrar nada sin su madre y sus hermanas; extrañando a las damas canadienses con opiniones sobre todo; esperando todo el tiempo a que lo manejaran al estilo de las mujeres canadienses. … Debió de habérselo contado a los demás después, con la cara arrugándose ante ellos y ellos escuchando y asintiendo.
Había empezado justo después de que él sugiriera lo del concierto.
- Me compraré una chistera nueva antes de eso.
La terrible exigencia de una broma. Su forma de esperar como si uno fuera un ser extrañísimo que estuviera esperando ver decir o hacer algo que cualquiera pudiera entender era igual que la manera inglesa, solo que más abierta. Pero a los ingleses de ese tipo no les gustaba la música ni les leían libros.
Quizá sus padres pertenecían a la otra clase de ingleses y él llevaba el sello de ello, prometiendo seriedad y amor por las cosas bellas, y la vida lo había obligado a adoptar el modo burlón de la gente mundana que parecía no tener ningún rincón sagrado en absoluto.
Palabras rápidas, bañadas en risas acumuladas hasta poner en duda qué era lo que pasaba.
- Hombres, que exigen bromas y diversión;
- mujeres que solo triunfan bromeando satíricamente sobre todo.