hosco. Era bajísima. Los Broom la observaban imperturbables, desde sus sitios junto al fuego, dirigiéndole de vez en cuando instrucciones con voz baja y ceñuda en medio de la conversación— Siente usted, por favor, dijo la señora Philps a intervalos—Llevo todo el día sentada dijo Miriam balanceándose sobre las puntas de los pies—Creo que a medias sí nos lo creíamos prosiguió con mordaz entusiasmo, adolorida por la avalancha de preguntas, hablando para crear calidez y distracción para Christine. Nunca lo había pensado. ¿A se lo creían a medias? ¿Se lo había planteado alguien alguna vez con tantas palabras? Dar una opinión abría tantas cosas. Era imposible mostrarlo todo, cuantas más opiniones expresabas más engañabas a la gente y más te alejabas de ella—Porque continuó con una animación cantarina; Christine echó un vistazo;—nunca oímos entrar a nadie—aunque—(la habitación la envolvía aún más felizmente con la presencia de Christine, todo parecía aún más real)—nos quedamos despiertas hasta lo que parecía casi la mañana, siempre hasta mucho después de que el ser-m- nuestro personal doméstico se hubiera ido a la cama. Sus habitaciones estaban en la misma planta que la guardería nocturna—Christine salió silenciosa con una bandeja, dándole la espalda a la habitación; tenía vacaciones todos los años y ratos libres regulares y bastante dinero para comprar ropa y regalos; probablemente tenía algún tipo de hogar.
Cuando hubo retirado los últimos restos de la cena y cerrado la puerta, Grace dio unas palmadas en el brazo del sillón vacío. Me gusta más así, dijo Miriam arrastrando un pequeño taburete de madera tallada—oh, no te sientes en eso, exclamó la señora Philps.—Estoy bien, dijo Miriam apresuradamente, sin mirar a nadie y enderezándose enérgica con los ojos fijos en la llama viva. Grace y Florrie estaban muy cerca de ella a ambos lados en sillas rectas, inclinadas hacia el fuego. La señora Philps se reclinó en el más pequeño de los sillones, cuyo cojín inflexible empujaba su cuerpo hacia adelante, con el pequeño pecho encogido, la cabeza inclinada y apoyada en la mano, medio de perfil ante su fila apretada y contemplando el fuego. Hubo un silencio. Florrie se aclaró la garganta y