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VI

hoy en el ’ospital, Sr. Mendizzable? —preguntó la Sra. Bailey entre las risas generales. —He estado, madame, y me he venido. Dicen que me acogerán de nuevo dentro pronto. Je m’en fiche. Los rostros de ambos médicos se volvieron expectantes. La mirada de simpatía socarrona del Dr. Hurd se dirigió hacia Miriam y se convirtió en una máscara de risa histérica reprimida. Tal vez él y el Dr. Heber gritarían y chillarían juntos más tarde y harían una gran historia sobre un hombre en una pensión de Londres. El Dr. Hurd lo calificaría de caso único: «Válgame, ¿no es ese tipo un caso único? Valiente hombrecito. Al que todo le da igual. ¿Cómo es posible que tenga una úlcera gástrica y luzca tan duro, feliz y fuerte?». ¿Qué estaría pensando en silencio el Dr. von Heber?

Los doctores desaparecieron tan pronto como terminó la cena, el doctor von Heber cruzando solemnemente la puerta con unas tranquilas y formales frases de cortesía, y el grupo en torno a la mesa se disolvió.

Es un poco pomposo —estaba diciendo poco después el señor Gunner a alguien desde la alfombra de la chimenea.

¿Se atrevía a hablar del doctor von Heber? Al poco rato solo quedaron las mujeres en la habitación. Miriam se sintió incapaz de marcharse y merodeó hasta que la mesa quedó despejada y se sentó bajo la luz de gas protegida por su cuaderno.

La estancia estaba muy silenciosa. Sissie y la señora Bailey remendaban junto a una lámpara en el extremo más alejado de la mesa. Los pensamientos de Miriam la abandonaron de repente. La marea de la vida se había retirado dejando una quietud imperturbable, un espacio barrido y limpio. Estaba vacía y era nada. En todo el estrépito que había pasado no tenía parte. En todo el ruido que aguardaba por delante, ninguna parte. La gente fuerte iba y venía y no cesaba jamás, viniendo y yendo y actuando sin descanso, viniendo y yendo, y aquí, en su centro, no había nada, una vacuidad sin vida y sin pensamientos.

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