Parecían levantarse todos para irse al mismo momento y, cuando salieron a la calle, daba la impresión de que iban todos hacia el mismo sitio. Miriam se encontró caminando por Farringdon Road entre el señor Bowdoin y el más bajo de los otros dos hombres, deseando estar sola y libre para vagar despacio por la nueva incorporación a su mapa del Londres nocturno.
Incluso con los bohemios, las veladas no terminaban cuando acababan, sino que conducían a la compañía forzada de volver a casa a pie. El hombre alto y las dos mujeres marchaban delante a un ritmo tremendo y ella se vio obligada a apresurar el paso para seguir la evidente intención de sus acompañantes de no perderlos de vista. Tal vez al final de la calle todos se separarían.
Acompañaremos a la señorita Henderson a su casa y luego iré contigo a Highgate. > A High gate—exclamó Miriam casi deteniéndose. ¿Piensas ir andando a Highgate esta noche? Ambos se echaron a reír. > Oh, sí, dijo el señor Bowdoin, eso no es nada. Highgate. El solo pensamiento de su lejanía septentrional parecía ser un insulto a Londres. Con razón se había sentido una desconocida con esta gente. Ir andando a Highgate por la noche y levantarse como de costumbre a la mañana siguiente. Una cosa magnífica, fuerte y dura de hacer. Horrible. Ir andando a Highgate, «hablando todo el tiempo»… jamás podían tener un minuto para darse cuenta de nada en absoluto; corriendo por ahí diciendo cosas que lo cubrían todo y sin pararse nunca a darse cuenta, hablando de gente y de cosas y sin ser ni saber nada,