la aparición. Esperaba que todos hubieran hecho una reverencia y recordó con vergüenza que ella se había limitado a mirar fijamente. Todo el mundo parecía moverse; pero los comienzos de la conversación prosiguieron como si la pequeña anciana jamás hubiera aparecido. El señor Bowdoin se había sentado con los hombres al otro lado de la sala y la mujer se habia cruzado hacia una silla cerca de la señorita Rogers y conversaba animadamente con ella. > La señorita Rogers hace poco que se ha unido a los círculos musicales —oyó decir al señor Bowdoin en un tono afectuoso y condescendiente—. Eso explicaba la forma en que ella le defería y permanecía sentada en una especie de éxtasis complaciente y exclusivo, manteniendo su actitud inalterada ante la embestida de la mujer que hablaba con tanto entusiasmo. La mujer estaba en el círculo y no le parecía extraño que la señorita Rogers fuera una candidata. Estaba hablando de cierta orquesta en alguna parte… de algo que quería tocar, él dirigiendo —concluyó con tono de adoración. Su voz era refinada y hablaba con soltura, pero también tenía ese aspecto común y desprovisto de educación… y estaba hablando de Camberwell. El señor Bowdoin era director de orquesta. Aquella gente tocaba en orquestas, o quería hacerlo. Los tres hombres hablaban con frases ávidas y felices, riendo alegremente y sin hacer ruido. Había algo aquí que faltaba en la próspera gente musical de la señorita Szigmondy, algo que los mantenía alejados del mundo donde se ganaban la vida… Trabajaban duro en dos mundos… cuando el señor Bowdoin volvió al piano, todos se sentaron relajados y como en casa, con posturas cómodas, escuchando con afecto. La sala parecía de algún modo menos oscura y sus formas mucho más visibles y grandes. Las tazas de café blancas y vacías repartidas por la
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V. El cuarto del sótano
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