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I

Sola con el silencio a lo largo de toda la calle, Christine inaudible en la cocina, un silencio de muerte en la casa, Miriam se atisbó la blusa y corrió escaleras arriba.

Mientras atravesaba las luces cambiantes del pasillo, subiendo por la escalerilla oscura pasando el recodo que conducía al cuartito de aseo y al cuartito de baño y resplandecía con la luz de una pequeña celosía sin cortinas, subiendo los cuatro escalones que la llevaban al descansillo donde las puertas opuestas de los dormitorios inundaban con su luz la franja de alfombra verde entre la barandilla lustrada y la alta y lustrada librería de puertas de cristal, escenas del futuro, moviéndose en fondos sin límites, acudían en tromba sin ser llamadas a su mente, haciendo que su entorno resultara de pronto ajeno… el pasado volvería…

Dentro de su habitación —ordenada hasta que nada era visible excepto los muebles y adornos relucientes, de brillo permanente; solo la gran caja de cerillas en la esquina de la repisa de la chimenea delatando el transcurso de los días individuales, hablándole de noches de llegada, el encendido del gas, la luz súbita en el globo esmerilado que preludiaba la libertad y el descanso, trayendo el comienzo del descanso con el destello de la habitación fresca y silenciosa— encontró el pasado más cercano, sus años de trabajo en Londres suspendidos en el aire, enmarcados y contemplables como los cuadros de la pared, y junto a ellos los primeros años dorados a jirones, imágenes escogidas de aquí y de allá, comunicadas y guardadas en la leal memoria de los Broom. Saltando entre estos días vivos vino el día de hoy… la blusa pertenecía al año que aguardaba muy lejos, invisible tras el alto muro de la Navidad. La dejó caer sobre la cama y bajó corriendo al saloncito.

El fuego aún no había vencido la humedad del aire. La habitación estaba llena de extrañas luces tenues que entraban a través de la puerta de vidrieras de colores del pequeño invernadero.

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