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II

la voz de Harriett en su propia voz la abismó en busca de lágrimas. Pero no había lágrimas. Solo algo apretado a su alrededor que moldeaba su rostro en líneas de desesperación. El recibidor estaba a la vista. Iba a bajar al recibidor para buscar cartas en la mesa de la entrada y volver a subir. Se detuvo en el recibidor. Si la puerta del comedor se abría, mataría a alguien con una mirada fría y ciega y seguiría furiosa su camino hacia la calle. ¿Y si no se abría? Permanecía cerrada. No iba a abrirse. Se abrió silenciosamente de par en par como si alguien hubiera estado esperando detrás con la mano en el pomo. La señora Bailey estaba en el recibidor con una mano firme y pequeña en su brazo.— ¿Cómo está, señorita? —Miriam giró por completo, encogiéndose hacia la mesa del recibidor. La señora Bailey la sujetaba de las manos.—¿No quiere pasar a tomar una taza de té?⁠—No puedo —susurró Miriam con presteza, avanzando hacia la puerta del comedor.—Tengo que salir —murmuró, deteniéndose justo en el umbral de la puerta abierta.—¿Sale? —preguntó la señora Bailey con voz fina y refinada, lanzando una mirada orgullosa, cariñosa y tímida a Miriam desde su recuperado puesto tras la bandeja de té. Tenía las mejillas sonrojadas y sus ojos brillaban con viveza bajo la luz del gas. La mirada de Miriam, ávida ante la calidez procedente de la estancia, barrió desde la cascada de cabello rubio en la nuca de la hija menor de los Bailey —sentada junto a la mano izquierda de su madre— hasta el extremo opuesto de la mesa. Los claros y grisáceos ojos de la hija mayor de los Bailey estaban dirigidos al trozo de pan con mantequilla que su mano se estiraba para coger, con la misma mirada ausente que debían de haber tenido cuando volvió la cara hacia la puerta. A su lado, entre ella y su madre, se sentaba el joven caballero noruego, una silueta recta de color azul oscuro con una estrecha barra dorada colocada en diagonal sobre la suave masa de una corbata de seda negra que abultaba sobre la lisa y sin arrugas planicie de su largo chaleco gris. Había erguido la cabeza con suavidad y una mirada metálica y fluida se había deslizado sobre ella desde unos ojos grandes, oscuros, claros y de fácil apertura. Era muy joven, de unos veinte años; la delgadez de su silueta, esbelta y

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