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I

Empezaba otra vez, más cerca y más nítido. Lo escuchó con atención hasta el final. Era tan extraño. Venía de muy atrás, de entre las generaciones, donde todo era diferente; diciéndote que eran los mismos.⁠ ⁠… En la forma en que esa gente estaba tocando, en la forma en que hacían sonar la melodía en el aire, sin que ningún instrumento sonara más fuerte que los demás, había algo que sabía. Algo que todo el mundo sabe.⁠ ⁠… Lo demuestran por la forma en que hacen las cosas, sin importar lo que digan.⁠ ⁠…

Su corazón brillaba y se movía.

Qué descansada estaba. Qué fresco era el aire. Qué frescura emanaba de todo en la habitación.

Miró fijamente la negrura aterciopelada intentando ver los muebles. Eran las cortinas gruesas y bien cerradas las que creaban esa perfecta oscuridad aterciopelada… Detrás de las cortinas y de las persianas venecianas, las ventanas estaban abiertas por arriba, dejando entrar el aire del jardín. El pequeño cuadrado del jardín estival brillaba intensamente en medio de esta negrura invernal profundísima.

Valía con creces la pena ser despertada en mitad de la noche en Brooms. La verdad de la vida estaba en ellos.

Se imaginó a sí misma gritando de repente en la noche. Tras el susto inicial, lo entenderían y se reírían.

Bostezó con somnolencia ante un ovillo de pensamientos que se avecinaba, apartándolos y deslizándose de nuevo hacia la inconsciencia.

Miriam cogió la blusa por los hombros y la hizo bailar arriba y abajo al compás de las salvas de afectuosa burla de las chicas⁠—¿Dormiste bien?⁠—interrumpió

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