Miriam miró de reojo al otro lado de la mesa. Eso era todo. Aquel hombrecito de voz gangosa y risa estrecha y burlona que le sacaba un rubor y manchas rojas por toda la cara, con el pelo brillante y lacio de escuela dominical, mojado y aplastado a cepillo, completaba el grupo. A su lado solo estaba Polly. Luego venía la señorita Scott a la izquierda de Sissie; después Sissie y, a la vuelta de la esquina, el noruego. Todo el mundo tenía un aspecto espantoso bajo la luz intensa, secreto y secretamente hostil hacia los demás, con poca disposición a estar allí; y aun aquí, aunque no había nada ni nadie, persistía ese perpetuo jaleo y competencia de conversación.
—Muy bien dicho —bramó la mujer abultada con una voz aguda, pura y de niña—, no lo culpo.
Miriam se volvió hacia lo imprevisto de su voz y se quedó sentada, observando sin remedio.
Las mangas de sarga eran demasiado corta para cubrir sus gruesas muñecas rojas; sus manos regordetas sostenían el cuchillo y el tenedor de lado, como cubiertos de ensalada.
Llevaba el cabello peinado hacia arriba y aplastado sobre su gran cráneo, retorcido en un pequeño caracol en la coronilla, justo detrás de la abultada franja de su flequillo.
¿Podría ser acaso una huésped?
Parecía de mucha menos importancia incluso que los Bailey. Toda su persona desprendía un malestar inconsciente que avergonzaba a cualquiera.
—La señora m-Barrow es otra de ésas —dijo el hombrecito con las cejas levantadas mientras soltaba una risita ahogada al pronunciar las palabras.