grandes, altas y misteriosas, las dos hileras de serenas fachadas con balcones, las plazas verdes en cada extremo, la puerta verde que esperaba al girar sin mirar hacia la calle desde la tranquila vía de Endsleigh Gardens, su llave triunfante y fiel, la penumbra resguardada del recibidor, la gran escalera, las muchas puertas grandes y cerradas, la solitaria oscuridad de su planta superior vacía. Lo que había venido ahora era el cumplimiento del presentimiento que había tenido cuando la señora Bailey había pronunciado la palabra huéspedes. Ahí estaban. Irían y vendrían y subirían y bajarían de sus dormitorios a ese comedor donde se había hecho la inquietante revelación y al desconocido salón. … Tal vez fuera un fracaso. No se imaginaba a la señora Bailey y a sus dos hijas vagas y huidizas con ajustados vestidos de sarga azul lidiando con el joven caballero noruego. Él no se quedaría. … Si los huéspedes fracasaban, la señora Bailey podría abandonar la casa por completo. … Se encontró sentada con la ropa de calle y el voluminoso libro pesado sobre las rodillas en medio de la habitación. Se sentía demasiado lánguida y desgraciada como para levantarse y llevar la silla pequeña y el libro grande a la mesa, y comenzó a pasar las páginas con desdicha usando sus manos enguantadas. Aquí estaba. Echó un vistazo rápido al largo artículo, leyendo fragmentos aquí y allá. No parecía haber nada más; ya había captado la esencia de todo al hojearlo en Wimpole Street. No había necesidad de haberlo traído a casa. Estaba bien claro que pertenecía a la clase linfático-nerviosa. Era la peor de las cuatro clases de la humanidad. Pero todos los síntomas eran suyos. … Leyó una vez más la descripción del tipo nervio-bilioso. Era imposible encajar en ese grupo. Esa gente era morena, sanguinea y enérgica. Era muy extraño. Tener ataques biliosos y no tener las ventajas del temperamento bilioso. Significaba tener lo peor de todo. Sin energía, sin iniciativa, sin esperanza, sin capacidad de resistencia; y a veces, ataques biliosos. Era inútil; un estorbo; apartada de la vida para siempre, porque era mejor que la vida la apartara a ella. … Se quedó sentada mirando fijamente los paneles gastados de su armario, odiándolos por su callado e implacable acuerdo con sus pensamientos.
Table of Contents
II
49