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VIII

momento volvió por sí mismo… el fulgor verde en las plazas, las ondas de esmeralda bordeadas de geranios rosas a lo largo de los balcones de las casas blancas.

Después de cenar, Miriam salió del comedor, empujada alegremente hacia afuera, quedándose atrás, flotando y vagando felizmente, unida a todos en la estancia mientras sus pies la llevaban paso a paso sin rumbo, yendo a todas partes, arriba a través de la penumbra de la escalera.⁠ ⁠…

El salón estaba lleno de una luz azafrán, que se filtraba a través de las cortinas colgadas inmóviles ante los altos ventanales franceses.

En el aire de la habitación, justo dentro del tenue olor a tapicería polvorienta, se encontraba la paz del verano recién encontrado. El regalo de la señora Bailey.

El año pasado no había habido paz de verano en su buhardilla sofocante. Este año el verano estaba con ella, en la casa donde se encontraba.

Muy lejos, en la paz de la habitación, era la tarde de un caluroso día de verano en la Waldstrasse, las chicas sentuidas alrededor, hermosas formas sin rasgos juntas para siempre en el apacible crepúsculo del fresco saal y sentada en su pequeño cenador Ulrica, todas, con su oscuro y delicado perfil alzado hacia el jardín, su inconsciente belleza perlada agrupada contra la inalterable presencia de la fräulein Pfaff.

Miriam se volvió hacia la ventana cercana y escudriñó a través de la densa malla de la cortina de encaje amarillenta por el humo. Detrás de ella, la puerta francesa estaba entreabierta. Apartando el espeso encaje con olor a polvo, salió y cerró la puerta tras de sí. Había unas raídas sillas de salón colocadas en fila irregular sobre la sucia piedra gris, cercadas por una balaustrada de barrotes de hierro pintados de granate oscuro, casi incoloros por la mugre negra.

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