sonrisa de orgullo. Respetaba la música. Admiraba a Bowdoin por su talento. Lo estaba luciendo. Era encantador… como Trilby. Hombres riéndose los unos de los otros y admirándose mutuamente…
Había dejado de escuchar.
El señor Bowdoin estaba sentado allí a su lado, separado de su música, sentado allí, inglés, un poco alterado por adentrarse en la música extranjera. Una especie de extranjero con expresión inglesa.
Su mirada le había mostrado un perfil inglés, un aguileño romo e irregular, un poco afeado alrededor de la boca y la barbilla por la influencia en los músculos de una forma común de hablar. Pero la parte posterior de su cabeza era extranjera, el contorno de su cráneo fino y delicado, un arco delicado en la parte superior y la parte posterior aplanada un poco bajo la suave caída del cabello.
Estaba terminando. Se sentó inmóvil, frente al piano. Hubo revueltas y murmullos e intentos inciertos de aplauso. El señor Mendizabal se levantó y se quedó de pie junto a él, como para darle una palmada en el hombro.
—¿En qué piensa cuando toca a Beethoven? —dijo Miriam deprisa. Él volvió la cara y el señor Mendizabal se apartó con jolgorio hacia la habitación. —En el propio Bi-toven, creo —dijo el señor Bowdoin tranquilamente. —Si consigo unas sonatas de Beethoven, ¿tocaría una? —Tocaré una para usted. Pero esta tarde no, creo— Volvió a girarse hacia el piano y Miriam contempló su perfil abstraído. Era completamente inglés y tenía todos los pensamientos y sentimientos ingleses sobre el pequeño grupo reunido a sus espaldas en la habitación. Pero había algo más. Era músico y eso le hacía comprender. Sabía que la estancia era impermeable a la música y se sentía incómodo tras la alegría inicial de tocar, y no podía convencer a sus oyentes con vitalidad y exuberancia como lo haría un extranjero, incluso con música bastante frágil, apagada y delicadamente controlada.