manteniéndolos a todos en silencio, ávidos de que su voz volviera a llenar los espacios de su habitación—Durante media hora más o menos le oyeron prorrumpir, cada pocos minutos, oh Meester Bell, querido y lindo Mr. Bell, kom. Me estoy muriendo de frío, qué lástima—qué lástima. Los Broom se sentaron riendo a carcajadas, contagiándose unos a otros. Miriam comía con rapidez, mirando de un rostro a otro. What-eh-pitie—what-eh-pitie, gemía. ¿No pueden oírle? Grace se atragantó, estornudó y bebió un poco de leche. Todos seguían comiendo lenta y cuidadosamente su primer plato.—¡Qué clase de gente tan divertida te encuentras! —dijo la señora Philps, secándose los ojos, con hoyuelos y suspirando al final de su risa. Yo no me lo encontré. Fue en la pensión de Mag y Jan. La señora Philps no había empezado a escuchar desde el principio. Pero Grace y Florrie veían todo con total claridad. La señora Philps no recordaba quiénes eran Mag y Jan. No lo haría a menos que alguien le contara todo sobre sus circunstancias y sus padres. El rostro de Florrie estaba preparando una pregunta. —Entonces debieron de—continuó Miriam. Hubo un timbre apagado en la puerta principal.—Ahí está Christine, ¿hacemos que pase a cambiar los platos, tía? —frunció el ceño Florrie.—No, que se cambie el vestido. Podemos poner los platos en el aparador—Entonces los dos debieron de volverse a dormir —dijo Miriam cuando Florrie regresó de dejar entrar a Christine—, porque no le oyeron bajar las escaleras y no estaba por la mañana—Menos mal, supongo, observó la señora Philps. —No estaba —dijo Miriam alegremente—, ejem—no en persona. —¡Oh, Miriam! —protestó Grace histéricamente. —Oh—oh—gritaron los demás. Miriam contempló cómo el segundo plato aparecía desde el aparador—saludó al manjar blanco y la mermelada con un grito suave, sintiendo tanta hambre como cuando había empezado la cena. —Qué maleducada es —rio entre dientes Florrie, dejando un plato de plátanos y un platito de bombones. —Ooo-oo—chilló Miriam.—Cállate, pórtate bien y empieza con eso —dijo Grace dándole un plato de manjar blanco. —Ah, sí, y entonces —dijo Miriam, inspirada al recordar más de su historia—, todo
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