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IV. The Music

tanta naturalidad y tan poca afectación como lo habría hecho él mismo. De repente se dio cuenta de que esa era la forma de decir las cosas. No hacía pausa alguna ni alteraba nada. Estaba aprendiendo de él a cada momento. Era completamente diferente a los hombres que conocía. No le molestaba que ella supiera la historia ni intentaba superarla. —Tenéis algunos hombres muy grandes por aquí —dijo él—; algunos de los más grandes; y empezó a delinear la reputación canadiense de nombres que estaban entre las cumbres de la conversación de Wimpole Street. Aprendió exactamente por qué Victor Horsley era grande en el mundo y qué era lo que el doctor Barker hacía en las rótulas fracturadas.

Cuando la señora Bailey subió eran las doce y media. Él aceptó su vela, le dio las gracias con gravedad y con gravedad se despidió. Miriam y la señora Bailey se quedaron frente a frente. Miriam soltó una risa social, sin intención, y escuchó feliz el eco amable y vivaz de la señora Bailey mientras esta se quedaba apagando la gas. Se volvieron la una hacia la otra en el vestíbulo

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