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I

el polvo, mi amor. Puedes lavarte los dientes cuando nos hayamos ido. Querida carita rosada. ¿Cómo estás, mi dulce? ¿Estás descansada? —preguntó entre besos suaves dados aquí y allá.—Jamás mejor, viejo camarada. Te digo que jamás mejor... —Grace rió suavemente en su cara y se quedó abrazándola, sonriendo con su sonrisa ansiosa, suplicante y solícita.—Te digo que jamás mejor —repitió Miriam.—Querida y dulce carita rosada —sonrió Grace y se volvió con cuidado para seguir pasando el polvo. Miriam se hundió en un sillón, escuchando el roce suave y terso del plumero sobre las superficies muy pulidas.—Bueno —preguntó al poco rato—, ¿cómo van las cosas en general? —Grace se levantó de rodillas y cerró la puerta con cuidado. Volvió con el miedo oscureciendo el lustre aterciopelado de sus ojos—. Oh, no lo sé, Miriam querida —murmuró arrodillándose en la alfombra de la chimenea cerca de las rodillas de Miriam y tendiendo las manos hacia el fuego.—Ya se ha acabado todo, pensó Miriam, ha fracasado.—Tengo muchísimas cosas que contarte. Quiero pedirte consejo... —Recuerda que ni siquiera lo he visto nunca —arguyó Miriam automáticamente, imaginando el asedio, la repentina toma de conciencia y el miedo, la recaptura de la libertad, la retirada educada, oculta y decidida.—Oh, pero tú siempre lo entiendes. Espera a que podamos hablar —suspiró levantándose de rodillas y besando la frente de Miriam. Todo había terminado. Grace se aferraba a alguna explicación «razonable» de algún asunto definitivo. Buscó en su mente algo de sus propias circunstancias dispersas para alimentar su charla cuando llegara el momento. Tendría que inducir a Grace a dar media vuelta y seguir... el final de la larga historia de detalles fielmente recordados sería un alivio... las profundidades delicadas de su trato volverían... su alcance hacia atrás y hacia adelante; y, sin embargo, sin nada en el segundo plano... parecía como si siempre se necesitara algo en el segundo plano para dar el pleno fulgor a cada día... había que hacerle ver el rostro real de la circunstancia y saber entonces y sentir que no estaba desamparada; que el fulgor estaba allí... primero para barrer la ilusión implacablemente... y luego dejar que el fulgor volviera, empezara a volver, de otra fuente.

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