Sobre la mesa, bajo la ventana a la que mejor llegaba la luz de las farolas, había un papel, un folleto… de color; azul. Lo cogió. Colgaba lacio en su mano, el papel se sentía rugoso y malo, como papel secante muy fino. Joven Irlanda leyó impreso en gruesas y pesadas letras negras en la parte superior de la página. Las palabras la conmovieron profundamente, apelando a algo muy lejano en su interior, de hacía mucho tiempo. Debajo de las gruesas palabras empezaban inmediatamente dos columnas cortas, una al lado de la otra. Continuaban durante varias páginas y les seguían párrafos cortos con encabezados; ella se apretó contra la ventana iluminada, escrutando; había asteriscos borrosos mal impresos entre pequeños grupos de líneas. Encabezados negros pesados más adelante, como el título, pero más pequeños, y
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