—Ese es el final de ese. Hay otros. —¿Sobre Pooh y sobre mí? —Y sobre Piglet y Conejo y todos vosotros. ¿No te acuerdas? —Me acuerdo, y luego, cuando intento acordarme, se me olvida. —Aquel día en que Pooh y Piglet intentaron atrapar al Efelanto... —No lo atraparon, ¿verdad? —No. —Pooh no pudo, porque no tiene cerebro. ¿Lo atrapé yo? —Bueno, eso ya sale en el cuento.
Christopher Robin asintió.
—Sí me acuerdo —dijo—, solo que a Pooh no muy bien, y por eso le gusta que se lo vuelvan a contar. Porque entonces es un cuento de verdad y no solo un recuerdo. —Justo así me siento yo —dije.
Christopher Robin dio un profundo suspiro, levantó a su Osito por una pierna y se encaminó hacia la puerta, arrastrando a Pooh tras de sí. En la puerta se giró y dijo: «¿Vienes a verme tomar el baño?». «Puede que vaya», le contesté.
«No le dolió cuando le disparé, ¿verdad?» «En absoluto».
Él asintió y salió, y en un momento oí el golpe, golpe, golpe —de Winnie-the-Pooh— al subir las escaleras detrás de él.