Y así pareció ser. Ahí estaban las huellas; cruzándose unas con otras aquí, enredándose unas con otras allá; pero, con toda claridad de vez en cuando, las huellas de cuatro pares de patas.
«Creo», dijo Piglet, después de haberse lizado también la punta de la nariz y de haber comprobado que eso le servía de bien poco consuelo, «creo que acabo de acordarme de algo. Acabo de acordarme de algo que olvidé hacer ayer y que no podré hacer mañana. Así que supongo que realmente debería volver y hacerlo ahora». «Lo haremos esta tarde, e iré contigo», dijo Pooh.
«No es el tipo de cosas que se pueden hacer por la tarde», dijo Piglet rápidamente. «Es algo muy propio de la mañana, que tiene que hacerse por la mañana y, si es posible, entre las horas de— ¿Qué hora dirías que es?». «Sobre las doce», dijo Winnie-the-Pooh, mirando al sol.
«Entre, como te decía, las doce y las doce y cinco. Así que, en realidad, querido viejo Pooh, si me disculpas... ¿Qué es eso? »
Pooh miró hacia el cielo, y luego, al oír el silbido de nuevo, miró hacia las ramas de un gran roble, y entonces vio a un amigo suyo.
«Es Christopher Robin», dijo.
«Ah, entonces estarás bien», dijo Piglet. «Estarás muy seguro con él. Adiós», y se fue troteando a su casa tan rápido como pudo, muy contento de estar Fuera de Todo Peligro otra vez.
Christopher Robin bajó lentamente de su árbol.
—Tonto viejo Oso —dijo—, ¿qué estabas haciendo? Primero diste dos vueltas al bosquecillo tú solo, y luego Piglet corrió detrás de ti y disteis otra vuelta juntos, y luego ibais a dar una cuarta vuelta... —Un momento —dijo Winnie-the-Pooh, levantando una pata.
Se sentó y pensó del modo más reflexivo que pudo pensar. Luego metió su zarpa en una de las HuellasтБатАКтБатАж y después se rascó la nariz dos veces y se levantó.
«Sí», dijo Winnie-the-Pooh.
«Ya lo veo», dijo Winnie-the-Pooh.
«He sido un Necio y un Iluso —dijo él—, y soy un Oso de Poco Cerebro». «Eres el Mejor Oso de todo el Mundo —dijo Christopher Robin con voz consoladora».