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I

huéspedes empezaba a disiparla. Se habían sentado así muchas veces antes. Estaban agrupados entre ella y su antigua posición en la casa, y no solo ellos, sino la vida, transcurriendo, en este preciso instante, una y otra vez. Ellos no sabían, la vida no sabía, lo que ella iba a demostrar. No sabían por qué había bajado. No podía volverse atrás sin dejar sentada su prueba. Era aquí donde debía pasar el resto de la noche, montando guardia frente a la primera parte de esta, tensada por ella hasta alcanzar una animación que satisficiera a la señora Bailey y le devolviera el lugar que había ocupado en la casa en la época en que su vida allí no era un fluir informe una y otra vez. Lo informe se había prolongado demasiado tiempo. La señora Bailey había sido consciente de ello, incluso en su distanciamiento. Pero se le podía hacer ver que se había equivocado. Al recordarlo ahora, el intervalo se mostraba brillante con cosas que a la señora Bailey le parecerían una vida justa y maravillosa; eran maravillosas ahora, unidas al prodigio de esta noche, y se podían discutir con ella, ahora que era de nuevo milagrosamente seguro que aquello no era todo lo que había.

Pero el señor Gunner seguía allí, plantado obstinadamente en medio del camino. En los viejos tiempos, la animadversión y cierto miedo oculto que había en su antipatía hacia ella habrían servido para ahuyentarlo. Pero ahora era inamovible; y no sentía, o por alguna razón creía no sentir, ninguna animadversión. Quizá él y la señora Bailey lo hubieran hablado entre los dos. Con este pensamiento intolerable, se acercó al sofá con la desesperada intención de sentarse íntimamente al lado de la señora Bailey y empezar como fuera, de cualquier manera, a hablar de un modo que al final tuviera que hacerlo marchar.

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