Otros pensamientos surgían, los pensamientos y cálculos que no había tenido la intención de hacer, pero se precipitaban hacia adelante, y había algo extraordinario detrás de ellos, algo que formaba parte del cielo, de su propio cielo particular tal como lo conocía. Tenía derecho a hacerlos, ya que la habían alejado de convertirlos en encanto social para el comedor. Una vez más se volvió afanosamente hacia el cielo, haciendo retroceder sus pensamientos; pero era tan solo el plano cielo cotidiano, parte de Londres; sin nada en particular que decir.
Pensarlo bien aquí arriba, sola en el universo, no podía alterar los hechos. Mañana habría más hechos. No había forma de evitarlo, a menos que uno muriera durante la noche o la casa se incendiará. Frente al cielo vacío, sentada entre este y la quietud vacía de la casa, sintió que estaba vencida; demasiado cansada ya para luchar contra la marea de reflexiones que había huido escaleras abajo para evitar. …
Solo esta mañana, aunque parecía que habían pasado días, al entrar en el recibidor de Wimpole Street, con las vacaciones aún envolviéndola, los pequeños cambios en la casa, los saludos, el bullicioso y atareado buen humor, la sensación de nuevos comienzos, todo terminando en ese espantoso momento de lucidez; estar de vuelta en el olor a yodoformo por otro año; saber que las vacaciones no habían cambiado nada; que no había nada en esta vida que pudiera cumplir sus promesas; nada salvo los detalles circundantes y apremiantes, invisibles en la distancia, ahora todos ahí, de un vistazo, prometiendo horriblemente llenar sus días y dejarle por toda cuota solo tardes cansadas. Deshaciendo la maleta, el hechizo de la ropa bronceada por el sol, perfumada de verano y con olor a campo, el nuevo comienzo en su habitación, una visita a un A.B.C. y al Museo Británico y todo volvería a estar muerto. Ningún cambio en Tansley Street; a través de la rendija de la puerta del comedor, el señor Rodkin y sus periódicos, el señor Gunner sentado junto a la rejilla vacía esperando