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V. El hechizo de la mesa manchada de tinta

“Aun así estás alegre. Eso es bueno. No permitiremos que la filosofía ensombrezca estos momentos tan felices.”

—La alegría tiene ciertos límites —bramó el señor Shátov.

Habían tenido algún choque tremendo. Ella miró a su alrededor.

“Ninguno; dentro del ámbito de mi modesta inteligencia; ninguno. Siempre preferiría ser; un alegre carbonero; antes que un filósofo erudito, aburrido y más deprimente que la bise du nord”.

¡Eso era para el señor Shátov! Los pálidos y sensibles rasgos temblaban contenidos… su furia se trocó en júbilo mientras saltaba entre ellos murmurando reflexiva hacia la mesa que estaba de acuerdo, pero que había conocido a muchos carboneros deprimentes y no sabía nada de filósofos, aburridos ni de ninguna otra clase.

En el apacible y sepulcral silencio consiguiente, se alejó maravillada de su propia elocuencia…

Los gatos decían ese tipo de cosas, con sonrisas desconcertantes. ¿Era eso lo que llamaban sarcasmo? Qué espantosamente gracioso. Había sido sarcástica. Con un francés. Tal vez lo había aprendido de él. El señor Shátov la alcanzó justo cuando subía a un autobús en la esquina.

—¿No camina usted con ligereza? —bramó desde la acera.

Pobre hombrecillo; abandonado allí con su día y su soledad hasta las seis en punto.

—De acuerdo —dijo, bajándose de un salto—, caminaremos. Llegaré tarde. No me importa.

Avanzaron con rapidez, mirando hacia adelante en silencio.

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