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II

Pero los lectores destacaban de nuevo; el mundo que habían creado para ella se había roto. Aquellos que venían en parejas y se sentaban en las mesas más apartadas, exasperándola con interminables conversaciones a base de malentendidos y premisas inconsideradas, estaban vencidos. Sus voces quedaban sepultadas por el fluido monólogo del señor Shatov, y aunque su propia voz, resonando con sorpresa en la sala, parecía en un principio tan solo una reproducción exclamativa y torpe de aquellas voces acostumbradas, que ya alteraban su aspecto y hacían tambalearse inseguramente su juicio sobre ellas en su mente, se hallaba hilada a su despreocupada realidad y pronto sería real.

Pero los lectores solitarios, sentados en los rincones con los libros, o encaramados, masticando y sorbiendo pensativos, de espaldas a la sala, en los taburetes altos del mostrador de refrigerios, y bajando al poco rato para escapar intactos y libres, a través de la puerta de vaivén, recuperando ya sus ojos bajos, a través de sus largos paneles de cristal, el sueño vivo de las galerías inmensamente en movimiento, la reprochaban por su estado perdido.

El rostro soñador del señor Shatov se despertó para impedir que ella le echara leche al té, y volvió a ensimismarse, entregado a su lejano tema. Ella empezó a escuchar con atención para disimular su bajo interés por los manjares excesivos.

—Es un hecho notable —estaba diciendo, y ella levantó la vista, asombrada por la repentina opacidad de su voz. Sus ojos se cruzaron con los de ella con severidad, por encima del borde de su taza—, pero de aplicación casi universal —continuó con voz pastosa, y se detuvo para introducirse entre los labios un terrón de azúcar empapado.

Ella lo miró fijamente, horrorizada. Con gran seriedad, ajeno a su repugnancia, bebió el té a sorbos limpios y silenciosos hasta que el azúcar desapareció… momento en el que extrajo con habilidad otro terrón del azucarero y prosiguió con su relato.

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