para gastar en chocolate. Qué cosa más extraordinaria. Debo hacerlo, estoy bajo palabra», y luego seguir adelante. Era horrible que Eva apenas hubiera reparado en un comentario tan sorprendente. …
Se volvió con impaciencia; la mañana jamás llegaría; nunca lograría dormir en este aire estancado, encerrado e inmóvil.
Mañana por la noche estaría sola en una habitación en lo de Harry; pero no tan cerca del mar. ¿Cómo podría Eve excluir la vida y el sonido del mar?
Bufó con fastidio, sin importarle demasiado si Eve se despertaba, dispuesta a preguntarle si no era capaz de oler el tufo de la casa, de la tienda y del cuartito trasero. Pero eso no era verdad. Se lo estaba imaginando porque el aire inmóvil le estaba alterando los nervios. Si no lograba olvidarlo, no dormiría hasta quedarse amodorrada por el agotamiento a la mañana siguiente.
Y mañana era Navidad. Se quedó quieta, esforzando el oído para captar el rumor del mar.
A la noche siguiente el aire entró a raudales por una ventana abierta, levantando silenciosamente las largas y ligeras cortinas de muselina y agitándolas por la pequeña y estrecha habitación, inundada como por luz de luna por la suave luz azul del farol de la calle de abajo.
El sonido del mar ahogaba el presente en la sensación de veranos junto al mar; trayendo de vuelta momentos de despertares fortuitos en vacaciones costeras, cuando el intenso fulgor del ayer y el del mañana se unían en la oscuridad.
Miriam se durmió al instante y despertó renovada y despreocupada bajo la helada salida del sol. Su habitación resplandecía con una luz dorada. Se quedó inmóvil, contemplándola. No se oía ningún ruido en la