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I

Parecía estar respondiendo a su mirada. ¿Había respondido al murmullo de la señora Bailey sobre irse a la cama? Parecía haber ocurrido hace tanto tiempo. Se quedó sentada hasta que la lámpara empezó a apagarse y la señora Bailey pareció quedarse dormida. Al fin salió a hurtadillas hacia la oscuridad fresca y quieta de la casa dormida.

En el primer piso había un destello de luz azul. Era la farola que brillaba a través de la habitación de par en par, vacía y abierta, del señor Shatov.

Cuando llegó a su propia habitación descubrió que era la una. Ya se había abierto camino hasta algún antro horrible. Se envolvió en su echarpe de noche, esquivando el pensamiento en él.

No habría lección mañana. Estaría fuera, sin haber dejado ningún recado.

Cuando ella entró a la tarde siguiente, él estaba en el vestíbulo. Se adelantó con su reverencia extranjera, barbada, cortés y enfáticamente ampulosa; la de un profesor extranjero haciendo una reverencia ante el público al que iba a dirigirse. Bitte verzeihen Sie, comenzó, con su tono rico y grave un poco entrecortado; el gong estalló justo detrás de él; se quedó plantado, reteniéndola con una mirada respetuosa y melancólica mientras sus labios seguían formando sus frases en alemán.

El estrépito se apagó; la gente bajaba las escaleras atrayendo la mirada de Miriam mientras él se hacía a un lado para dejarles paso hacia el comedor, aún frente a ella con el remate de su breve discurso flotando nerviosamente en sus facciones. Llevaba puesta la levita y brillaba con un intenso blanco y negro bajo la luz directa de la lámpara; era aún más apuesto de lo que ella había

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