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III

no pude oír, pero de pronto un hombre cerca de mí, en la periferia de la multitud, gritó a plena voz: ‘¡Chamberlain es un maldito mentiroso!’. Sí, pero espera a que suelte tu risa inglesa. Eso no es todo. Había también muy cerca de mí un fortachón agente de policía de los de John Bull. Se dio la vuelta para seguir su camino, con una sonrisa. Ah, eso para un ruso fue de verdad un espectáculo de lo más maravilloso”.

“Deberíamos darnos prisa —dijo Miriam, devorada por una compasión e indignación impotentes—, se le va a hacer tarde para cenar”.

—Eso es verdad. ¿No va usted a cenar también? O, si lo prefiere, podemos cenar en otra parte. El aire es purísimo y encantador. ¿Estamos en algún parque?

—Regent’s Park —dijo apresuradamente, abarcando con la respiración toda su circunferencia, mientras sus ojos atravesaban, a través de la neblina brumosa, las imágenes iluminadas por el día de cada rincón.

Él ni siquiera había sabido dónde estaba; completamente ajeno, una mente de un mundo desconocido, divagando a su lado.

Una urgencia precipitada se apoderó de ella; el regreso a Londres aún no había sucedido; tal vez esta vez se lo perdería; ya estaba cansada de pensar y hablar.

Improvisando incoherentemente una cita, se apresuró, con la mente puesta con ilusión en Tansley Street. Siempre había alguna novedad esperándola allí cuando regresaba de una ausencia; podía enterarse, pasar de los saludos y salir una hora a solas. Aceleró el paso hasta que el señor Shatov jadeaba buscando aire mientras se abría camino a duras penas a su lado. Los comentarios al azar que ella hacía para disimular sus pensamientos zumbaban en la

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