y libre. Las lágrimas brotaron de sus ojos, borrándolo, y con ellas se lanzó hacia una oscuridad sin sendas, consciente muy a fondo tras de sí, pronto a ser obliterado en las costas desconocidas que se abrían por delante, pero allí gustosamente de la mano, de una deuda, firmada y por honrar incluso en contra de su voluntad, por la vida, sorprendida una vez más en este momento más oscuro, sonriéndole en secreto, detrás de todo lo que ella podía reunir de razón opuesta y clamorosas protestas de indignidad. —Pobre chico —balbuceó, acogiéndolo mientras él caía de rodillas, con manos veloces y envolventes contra su pecho. La mujer desconocida se sentó sola, con los ojos bien abiertos hacia el aire vacío por encima de su rostro oculto. Esto era el hombre; apoyándose en ella con su carga de soledad, como en casa y consolado. Esta era la verdad detrás de la imagen de la mujer sostenida por el hombre. El compañero fuerte era un niño buscando refugio; la parte de la mujer, una soledad terrible. No era justo.
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XI
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