Ella vería más allá; jamás se postraría ante ella.
Pero la visión distante de la vida libre no era la visión de la señora Bailey; había algo allí que no se le podía hacer comprender y que, de existir palabras que intentasen expresarlo, ella ciertamente no aprobaría. Sin embargo, ¿por qué surgía con tanta fuerza allí en su habitación? La sensación de aquello estaba ahí, en algún lugar de su trato, pero ella no era consciente de ello. … Miriam sondeaba en el centro claro —donde, sin voluntad ni plan ni ningún esfuerzo armonioso en su vida, era aun así tan extrañamente aceptada y alcahueteada—. La señora Bailey la miraba desde lo más hondo de su morada, con el rostro ocupado en dominar los arroyuelos de risa que centelleaban en sus ojos y manteniendo, según sabía Miriam mientras se movía, revoloteando, y veía la luz protectora que estos proyectaban sobre el mundo, un día festivo perpetuo; la tranquilizadora e inagotable sustancia del ser de la señora Bailey.
—Por Sissie es por quien me preocupo —dijo la señora Bailey. Miriam escuchó con curiosidad—. Es como su querido padre; es muy reservada y sigue adelante; es una mujercita espléndida en la casa, pero siento que debería estar haciendo algo más.
—Es terriblemente capaz —dijo Miriam.
—Lo es. No hay nada que se le resista. Es capaz de quitar la cerradura de una puerta, arreglarla, volver a colocarla y poner un cristal de ventana con más pulcritud que un obrero y sin líos ni alborotos.
Miriam se quedó sentada, atónita ante la creciente acumulación de virtudes.
“No sé cómo voy a prescindir de ella; pero aquí no está contenta; he estado pensando si no podría arreglármelas para meterla en lo de las máquinas de escribir”.