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XI

Empleó sus últimas fuerzas para arrancarse del espectáculo sin esperanza y vagó impaciente e irreflexiva en un vacío febril. Muy lejos de este norte de Londres estéril, el escenario perfecto y elegido para el cumplimiento final de una miseria tan vasta como el mundo, se encontraba su propio mundo onírico en su habitación, su extraño e infalible yo, el mundo encantador de cosas hermosas vistas en silencio y tranquilidad, el ir y venir de la luz, la miríada de cosas indescriptibles de las que el día y la noche, en la soledad, estaban llenos, a cada instante; el maravilloso olvido del sueño, seguido de la renovación sonriente de una monotonía inagotable... el pensamiento irrumpió, acuchillando su debilidad con el recordatorio de que la soledad había fracasado y de su fracaso la había salvado la compañía de un hombre; del cual hasta hoy se había sentido orgullosa en un mundo iluminado por la gloria y el orgullo de las compañías logradas. Pero era una ilusión, que se desvanecía y fracasaba con mayor rapidez que las cosas reales de la soledad... no había más liberación que la locura; una locura clemente que descendía de repente y borraba todo por completo. Se imaginó a sí misma enfurecida y delirando por el parque, por el mundo, atacando al fin al cielo indiferente con alguna declaración definitiva y estridente, algo, algún lugar dentro de ella que debía decir, o morir. Contempló el azul sin nubes con desafío hacia arriba. Los árboles distantes se aplanaban formando racimos oscuros contra el horizonte. Rápidamente volvió a bajar los ojos hacia la tierra menguante. Había que decir algo; no al cielo, sino en el mundo. Se impacientó por la llegada del señor Shatov. Si tan solo pudiera transmitirle todo lo que albergaba en su mente, volviendo una y otra vez sin cesar a alguna afirmación central e inapelable, la verdad saldría a la luz. Declarada. Al menos un hombre llevado ante la justicia, arrestado e iluminado. Pero ¿qué era? Que los hombres no son dignos de las mujeres. Él asentiría y seguiría suplicando. ¿Que los hombres nunca han podido, ni podrán jamás, comprender lo más mínimo ni de la peor mujer del mundo? Él encontraría cosas que decir.

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