“Además, el presentismo es incompatible con la verdad de las proposiciones generales —y por lo tanto consigo mismo, ya que solo puede expresarse mediante una proposición general—. Y un análisis más detallado demuestra que es incompatible incluso con las proposiciones particulares, puesto que estas implican tanto la unión de dos términos como el uso de ideas generales”. La gente intuye esto vagamente cuando dice ciertas cosas; no el porqué, pero vagamente todo el mundo sabe que no se puede decir nada. ¿Para qué seguir escuchando entonces? Porque si sabes, con exactitud, que no se puede decir nada y conoces las razones expertas de ello, sabes con certeza, en los momentos de debilidad, cuánto hay que podría expresarse si hubiera alguna manera de expresarlo.
… Pero ya no había necesidad de seguir escuchando, puesto que Dios quedaba demostrado por la imposibilidad de su ausencia, como una estrella invisible. Nadie parecía alterado en absoluto; el conferenciante, el que menos. Tal vez sentía que los efectos de una realización auténtica serian tan formidables que no podría afrontarlos. La idea de la inexistencia de Dios volvía la vida simplemente estúpida. La idea de Dios la volvía embarazosa. Si de repente apareciera una mano escribiendo en la pared, ¿qué haría él? Se sonrojaría; de pie allí como un competidor, luchando por sus teorías entre las teorías de otros hombres. Aun así, si no hubiera filósofos, si se imaginara el mundo sin filosofía, no habría nada más que teología, cada vez más supersticiosa.
Todo el mundo estaba muy tranquilo. La tranquilidad de la locura. Nadie del todo presente. Y sin embargo, inteligentes. ¿En qué estarían pensando todos, envueltos en brumas de inteligente locura; viendo la función en los intervalos de vidas llenas de palabras que no significaban nada… el aliento era más que las palabras; el hecho de respirar… pero todo el mundo tenía tanta prisa.
«Yo pediría»… una mirada aterrorizada reveló su perfil temblando mientras dudaba.