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III

Pero él había dado un paso al frente sobre la alfombra de la chimenea y comenzado otra frase, en un tono más alto, con un toque de enojo en la voz. Ella reprimió un espasmo de risa y se quedó sentada, tensa, intentando ignorar la caricatura de su estilo que retozaba en su mente. La frase, aún más larga que la primera, terminó de manera interrogativa con un sacudimiento de cabeza. Era trágico. Ella era rápida, más rápida que nadie de los que conocía, para captar palabras o significados a través de extraños disfraces. Un público se habría mostrado furioso o histérico.

—No querrás amenazar a tu audiencia —dijo muy despacio y en tono bajo, esperando que, por contraste, su estrépito se desvaneciera.

«Yo no amenazo —dijo con suave paciencia—, sin duda se hequivoca. Es una gran ocasión; y un gran tema; del hual soy maestro; en estas circunstancias cierta bravura es imperativa. ¿No propondrá he usted que interceda por Cervantes, por ejemplo? Continuaré».

Las oraciones aumentaban de longitud, cada una escalando, a través de una hueste de oraciones subordinadas, pequeños y agudos martillazos de airada afirmación, y elevándose en su tono hasta un clímax de desafío arrojado desde una altura que no dejaba más posibilidad que el descenso a una tranquila deducción llana… y ahora, queridos hermanos… pero la siguiente oración volvía a la carga, agazapándose, recogiendo la furia de su predecesora, saltando hacia adelante, hundiéndose en bucles subordinados aún más largos, acumulándose, hinchándose y expandiéndose hasta alcanzar un énfasis y un volumen todavía mayores.

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