una mañana ajetreada, comenzó a convertir en redondeadas palabras inglesas el escarpado texto alemán, ella eludía sus preguntas y escondía el libro y todo rastro de su trabajo incluso de sí misma. Escribiendo se olvidaba, y no veía las páginas. En el momento en que las veía, había una especie de vergüenza a medias al exponerlas, incluso a la luz del día. Y siempre, al transcribirlas, una sensación de culpa. No, estaba segura, una convicción de malgastar el tiempo de su empleador. ¿Acaso no habían acordado, en respuesta a sus deslucidas demandas durante el transcurso de aquella primera toma de conciencia sobre la naturaleza estéril de sus ocupaciones, que ella debía aprovechar los ratos libres fortuitos en un trabajo propio? Pero incluso abusando de este privilegio, escribiendo de repente cartas largas y absorbentes en lo mejor de la mañana con asuntos urgentes esperando a su alrededor, no le había traído ningún sentimiento de culpa; solo un luminoso y envolvente sentido de disipación; una especie de extensión, que debía justificarse por lo breve de su tiempo libre, de su cualidad salvaje y libre sobre una parte del día demasiado largo. Era de algún modo a partir del trabajo en sí que provenía esta extraña y roída acusación, y de manera igual de extraña, cada vez que había comenzado de verdad, surgía, ahuyentando la sensación de culpa, una urgencia abrumadora; como si estuviera corriendo una carrera.
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V. El hechizo de la mesa manchada de tinta
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