nada; la señora Mann de pie sobre la alfombra de la chimenea, dispuesta a disculpar cualquier cosa, observando a Sissie y a la señora Bailey despejar la mesa, con una sonrisa fija en su gran rostro de niña bien formada, el señor Keppel saliendo de la habitación con su andar elegante y cojeante y continuando, sin ver, escaleras arriba, erguido con su ropa gris, descuidada y soñadora, como si caminara sobre terreno llano. Demorarse un instante demasiado, la señora Bailey en el recibidor, sus sonrisas de conspiradora emocionada al comunicar la noticia del amigo del señor Rodkin y las lecciones, como si nada hubiera cambiado y una siguiera siempre disponible para relacionarse con la casa; su sonrisa calculadora y consternada ante la negativa, su apelación al señor Rodkin, su salida abstraída y de articulaciones rígidas al recibidor con su periódico, su risa reseca de ojos brillantes, su afirmación socarrona, como de abogado, de que él había prometido las lecciones y que Shatov no debía quedar decepcionado; la sospecha de que la señora Bailey pasaba los momentos temiendo perder a un recién llegada adinerado, a una persona importante traída por su único buen huésped; la mísera sensación de verse atrapada y vuelta a encadenar en los tejemanejes y engaños de la casa en bancarrota; la inutilidad; la certeza de que el nuevo hombre, tal como lo describían, solo se mantendría allí por su ignorancia y desamparo temporales, el pensamiento fastidioso de él, esperando arriba en el salón en un estado de interés y expectación infundadamente avivados, la confianza irresponsable y de espectador admirador del señor Rodkin mientras hacía las presentaciones y desaparecía, mientras la pequeña figura oscura con levita, de pie y sola bajo la fría luz de gas de la habitación sin fuego, conservaba aún la actitud de respetuosa reverencia; la feliz naturalidad de explicarle a la figura que esperaba con moderación la imposibilidad de dar clases de la propia lengua sin la cualificación del estudio; su cabeza levantada, la extraordinaria gentileza de los rasgos blancos, temblorosos y decididos, la franqueza infantil de la amplia frente, los ojos brillantes, gentiles y suplicantes, una familiar, hermosa y bondadosa amabilidad que resplandecía entre el alto arco de pelo negro
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