Al poco rato él se puso a cantar. Miriam bajó los ojos hacia la acera, escuchando. Qué inconscientemente sabio era. Qué terrible habría sido si se hubiera subido al ómnibus. Aquí estaba a salvo, sanando y olvidando. Había algo de verdad en el juicio del francés. No es que fuera un filósofo aburrido. Lahitte era totalmente incapaz de medir su gran mente soleada; pero había algo en sus modales, en su porte, algo que a mucha gente no le gustaría, una ausencia de alegría; era verdad, el ojo avizor del francés lo había captado. ¿Quién quería alegría? Había un júbilo profundo en su canto retumbante que era más que alegría. Su rica y oscura vitalidad desafiaba el aire inglés mientras avanzaba a zancadas, con la barba por delante, sin pensamientos, con las cejas levantadas en el esfuerzo de su entusiasta canto. No se daba cuenta de que en Euston Road, por la mañana, por muy deprisa que uno caminara, no había lugar para cantar a voz en cuello, sino a lo sumo entre dientes.
Se dispuso a pasar con indiferencia ante la hilera de figuras con mono de trabajo que descansaban holgazaneando.
Una mirada hosca y hostil no les bastaría aquella mañana. La canción los incitaría a alguna manifestación abierta. Eran interminables; murmurando inmóviles los unos a los otros en su inamovible holgazanería. Seguro que él tenía que sentirlos.
«Vete a cassa», oyó, allá atrás. … «Maldita extranjera;» muy cerca, el tipo alto, flaco y cetrino, de apuesto y mugriento rostro. Eso tenía que haberlo oído. Se figuró que su canción retrocedía, y dio media vuelta con brusquedad, enfrentándose al hablante, que acababa de escupir en medio de la acera.
—Sí —dijo ella—, es un extranjero y es mi amigo. ¿Qué quiere decir?