y se quedó sentada, sin pensar, mirando hacia su interior a lo largo de las brillantes vistas caleidoscópicas que surgían infalibles e inalteradas cada vez que ella se desplazaba, sola y quieta, contra la marea en movimiento de Londres. Cuando el autobús se detuvo un momento en un embotellamiento, escudriñó las formas envueltas en la penumbra a su alcance. La luz azul de la lámpara del ómnibus iluminaba rostros enredados en pensamientos visibles, que sufrían a regañadientes la suspensión temporal de la actividad, pero en el rincón lejano había uno, vivo y consciente, que contemplaba sin ataduras visiones como las suyas, haciéndolas reales, posesión común de todos los que quisieran estar quietos. ¿Por qué solo se encontraba a estas personas en los ómnibus y de vez en vez caminando sin ver por calles abarrotadas? Quizá en la vida siempre estuvieran rodeados de gente con la que no se atrevían a estar
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III
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