El cielo silencioso y olvidado estaba allí otra vez; inteligente, borrando las preguntas sin respuesta, descendiendo silenciosamente hacia la vida que brotaba débilmente en su interior para recibirlo, la extraña y misteriosa vida, muy por debajo de toda interferencia, y siempre igual.
Enseñar, ser conocida como profesora, había dado pie a la confiada promesa de la señora Bailey al estudiante ruso. No había remedio para eso. Si él se sentía engañado, formaba parte de la confusión general de la vida exterior. Él también estaba sujeto a eso. Sería un momento en su bien amueblada vida, rescatado cada vez que su memoria lo rozara, para sumarlo al hilo de las cosas despreciables. La vería flotando casi sumergida en el torrente de detritus que componía la vida de la pensión, cuya influencia no se reconocía en los primeros instantes porque ella sobresalía de él, conservando todavía, externamente, los modales de otra clase de vida. La otra clase de vida estaba ahí, pero solo era capaz de manifestarse cuando ella se hallaba a solas. Había estado a su alrededor, un recuerdo repulsivo, justo ahora en el comedor... cegándola... volviéndola totalmente estúpida... y ahí estaban, en otro mundo, viviendo sus vidas; su paciencia sonriente tomándose su tiempo, divirtiéndose de que ella no lo viera. Por supuesto que eso era lo que él había querido decir. No había ningún otro significado posible... tras puertas atrancadas, cerradas para ella, se habían sentado, pacientemente impacientes con su absurdidad... La señora Bailey y el señor Gunner...
Él había tenido la agudeza visual de descubrir lo que ella era... tras su cabello gris a medio teñir y sus terribles dientes postizos. Glorioso. En medio de su experimento fallido, justo en el momento en que la sombra de la vejez inminente lo volvía visiblemente trágico, había llegado este hombre en su juventud, de mirada clara y decidido, viéndola como su felicidad, su muchacha. Ella era una muchacha, modesta y buena...