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III

ella estaba acostumbrada a la cerveza y no sabría que estaba viviendo una aventura tremenda. Para él no parecía ni escandaloso ni vulgar. > Protegida por su inconsciencia, llegaría tal vez más lejos que nunca en el secreto de Alemania. Dio un pequeño sorbo y se estreme-ció. La superficie espumosa era agradable; pero la extraña y mordaz amargura que había detrás era como un repentino y formidable ataque

“Es la primera vez que pruebo la cerveza”, dijo ella. “No me gusta”.

“Aún no lo has probado. Debes tragarlo, no beberlo a sorbos.”

“Te raspa la garganta. Es muy amarga. Siempre me imaginé que la cerveza era dulce”.

“Hay tal vez algo un poco ácido en esta Lager importada; pero el amargor es buenísimo. Es esta cualidad mordaz la que resulta un aperitivo excelente. Tendremos también pasteles de miel”.

La ligereza, la textura harinosa, porosa y crujiente no demasiado dulce de los pastelillos era totalmente alemana.

El señor Shatov susurraba afanosamente. Ella temía que lo oyeran.

No había mucha conversación en la sala; frases grandes, hondas y sólidas reverberaban en ella con un sonido de meditación, como si los oradores estuvieran ocupados, como viajeros, hablando con los ojos vueltos hacia el interior, hacia su destino. Todos parecían serios y prudentes.

“Justo cuando cruzamos la frontera, un alemán gordo y grandote se despertó y dijo con voz rotunda e imponente:

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