catalejo por reflexión, utilizando en lugar de una lente objetivo un metal cóncavo. El diámetro de la esfera sobre la cual se desbastó el metal de forma cóncava era de unas 25 pulgadas inglesas, y por consiguiente la longitud del instrumento de unas seis pulgadas y cuarto. La lente ocular era plano-convexa, y el diámetro de la esfera sobre la cual se desbastó la cara convexa era de aproximadamente 1/5 de pulgada, o un poco menos, y por consiguiente aumentaba entre 30 y 40 veces. Por otro modo de medición hallé que aumentaba unas 35 veces. El metal cóncavo admitía una abertura de una pulgada y un tercio; pero la abertura no estaba limitada por un círculo opaco que cubriera el borde del metal por todas partes, sino por un círculo opaco colocado entre la lente ocular y el ojo, perforado en el medio con un pequeño agujero redondo para que los rayos pasaran hacia el ojo. Pues este círculo, al ser colocado ahí, detenía gran parte de la luz errónea que de otro modo habría perturbado la visión.
Comparándolo con una perspectiva bastante buena de cuatro pies de longitud, hecha con un anteojo cóncavo, pude leer a mayor distancia con mi propio instrumento que con dicho anteojo.
Sin embargo, los objetos se veían mucho más oscuros en él que en el anteojo, debido en parte a que se perdía más luz por reflexión en el metal que por refracción en el vidrio, y en parte a que mi instrumento estaba sobrecargado. Si hubiera ampliado solo 30 o 25 veces, habría hecho que el objeto se viera más nítido y agradable.
Hice dos de estos hace unos 16 años, y todavía conservo uno de ellos conmigo, mediante el cual puedo demostrar la verdad de lo que escribo. Sin embargo, ya no es tan bueno como al principio, pues la superficie cóncava se ha empañado diversas veces y se ha vuelto a limpiar frotándola con ante muy suave.
Cuando los hice, un artesano en Londres se comprometió a imitarlo; pero, al utilizar un método de pulido diferente al mío, se quedó muy por debajo de lo que yo había alcanzado, según supe más tarde al conversar con el obrero que había empleado.
El pulido que usé fue de la manera siguiente. Tenía dos placas redondas de cobre, cada una de seis pulgadas de diámetro, la una convexa y la otra cóncava, esmeriladas con gran precisión la una contra la otra. Sobre la convexa esmerilé el metal para el objetivo, o cóncavo, que iba a ser pulido, hasta que hubo tomado la forma de la convexa y estuvo listo para el pulido. Luego embetuné la convexa muy delgadamente, dejando caer brea derretida sobre ella y calentándola para mantener la brea blanda, mientras la esmerilaba con el cobre cóncavo humedecido para hacer que se extendiera uniformemente por toda la convexa. Así, trabajando la pieza con empeño, la dejé tan delgada como una moneda de un groat, y después de que la convexa estuvo fría la esmerilé de nuevo para darle una figura lo más perfecta posible. Luego tomé masilla que había hecho muy fina lavándola para quitarle todas sus partículas más