Detente, pues. Ve a casa, alégrate, da tu consentimiento para casarte con Paris. Mañana es miércoles; mañana por la noche cuida de acostarte sola, no dejes que tu nodriza duerma contigo en tu aposento. Toma este frasco, estando ya en la cama, y bébete este licor destilado; al instante correrá por todas tus venas un humor frío y adormecedor; pues ningún pulso seguirá su curso natural, sino que se detendrá. Ningún calor, ningunos aliento atestiguarán que vives; las rosas de tus labios y tus mejillas se marchitarán hasta convertirse en pálidas cenizas; las ventanas de tus ojos caerán, como la muerte cuando cierra el día de la vida. Cada parte, privada de su gobierno flexible, parecerá rígida, y yerta, y fría como la muerte. Y en esta prestada semejanza de la muerte encogida permanecerás cuarenta y dos horas, y entonces despertarás como de un plácido sueño. Ahora bien, cuando por la mañana el novio llegue para levantarte de la cama, allí estarás muerta.
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Acto IV
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