Bah, estás equivocado. Déjame, y haz lo que te mandé hacer. ¿No tienes cartas para mí del Fray?
BALTASAR.
No, mi buen señor.
ROMEO.
No importa. Vete,
y alquila esos caballos. En seguida estaré contigo.
[Sale Baltasar.]
Pues, Julieta, esta noche dormiré contigo. Busquemos medios. Oh, maldad, cuán presto entras en los pensamientos del hombre desesperado. Recuerdo a un boticario —y por aquí vive—, a quien noté hace poco con ropas jironesadas, ceño fruncido, recolectando hierbas, demacrado de aspecto; la aguda miseria lo había desgastado hasta los huesos. Y en su tienda menesterosa colgaba una tortuga, un caimany relleno y otras pieles de peces mal formados; y en sus estantes,