un mísero recuento de cajas vacías, ollas de barro verde, vejigas y semillas mohosas, restos de bramante y viejos panes de rosas se esparcían escasamente para hacer bulto. Al notar esta penuria, me dije: «Y si alguien necesitara ahora un veneno cuya venta se castiga con muerte inmediata en Mantua, aquí vive un infeliz mezquino que se lo vendería». Oh, este mismo pensamiento no hizo más que preceder a mi necesidad, y este mismo hombre necesitado ha de vendérmelo. Según recuerdo, esta debe de ser la casa. Como es día festivo, la tienda del mendigo está cerrada. ¡Eh, hola! ¡Boticario!
Entra el Boticario.
BENSALUDERO.
¿Quién llama tan fuerte?
ROMEO. Ven acá, amigo. Veo que eres pobre. Toma, aquí hay cuarenta ducados. Dame