BENVOLIO.
¡Romeo! ¡Mi primo Romeo! ¡Romeo!
MERCUCIO.
Él es prudente,
y, a fe mía, a su lecho se ha marchado.
BENVOLIO.
Huyó por este lado y saltó la tapia de este huerto:
Llámale, buen Mercucio.
MERCUCIO. No, pues conjuraré yo también. ¡Romeo! ¡Humores! ¡Loco! ¡Pasión! ¡Amante! Aparece en figura de un suspiro, di una sola rima y estaré satisfecho; grita tan solo «¡Ay de mí!», pronuncia Amor y paloma; dirígele a mi comadre Venus una palabra hermosa, un apodo para su hijo y heredero cegato, el joven Abraham Cupido, aquel que tiró con tanta gracia cuando el rey Copetua amó a la mendiga. No oye, no se agita, no se mueve; el mono está muerto, y debo conjurarlo.