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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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VII. La revuelta árabe

Nuestro frente en Mesopotamia supuso una decepción para nosotros; pero McMahon continuó sus negociaciones con La Meca y finalmente las coronó con el éxito a pesar de la evacuación de Galípoli, la rendición de Kut y el aspecto generalmente desafortunado de la guerra en aquel momento.

Poca gente, incluso entre quienes conocían todas las negociaciones, había creído realmente que el jerife fuera a luchar; en consecuencia, su eventual rebelión y la apertura de su costa a nuestros barcos y ayuda nos sorprendieron tanto a nosotros como a ellos.

Comprendimos entonces que nuestras dificultades no hacían más que empezar. El mérito del nuevo factor correspondía a McMahon y Clayton: los celos profesionales no tardaron en asomar la cabeza.

Sir Archibald Murray, el general en Egipto, no quería, como era lógico, ni competidores ni campañas competidoras en su esfera de influencia. Le desagradaba el poder civil, que tanto tiempo había mantenido la paz entre él y el general Maxwell. No se le podía encomendar el asunto árabe; pues ni él ni su estado mayor poseían la competencia etnológica necesaria para abordar un problema tan singular.

Por otra parte, podía hacer que el espectáculo de la Alta Comisión dirigiendo una guerra privada resultara bastante ridículo. Su mente era muy nerviosa, fantasiosa y esencialmente competitiva. Cuando se enfrentaba a lo que consideraba un espectáculo rival, desplegaba sus considerables energías para boicotearlo.

Encontró ayuda en su jefe de Estado Mayor, el general Lynden Bell, un militar puro y duro, con una repulsión visceral e instintiva hacia los políticos y una cordialidad asumida a conciencia.

Su concepción militar de la lealtad a su cargo lo arrastró a un intento camaleónico de imitar tanto las debilidades como las virtudes de su superior. Dos de los oficiales del Estado Mayor secundaron a sus líderes a pie juntillas; y así el desdichado McMahon se vio privado de la ayuda del ejército y reducido a librar su guerra en Arabia con la asistencia de los agregados de la Oficina del Asuntos Exteriores.

Incluso estos resultaron no serle del todo leales. Algunos parecían resentirse de una guerra que permitía a los de fuera meter las narices en sus asuntos. Además, el adiestramiento en el ocultamiento, único medio con el que las trivialidades cotidianas de la diplomacia lograban parecer cosa de hombres, había calado tanto en ellos que, cuando llegó la infrecuente ocasión importante, la convirtieron en algo trivial.

La debilidad de su tono y sus mezquinas deshonestidades mutuas indignaron a los militares hasta el asco; y también fueron malas para nosotros, puesto que dejaban en evidencia de manera flagrante al Alto Comisionado, cuyas botas los Graham no eran dignos de limpiar.

Wingate, que tenía plena confianza en su propio dominio de la situación en el Oriente Medio, preveía prestigio y grandes beneficios para el país en el desarrollo árabe; pero a medida que las críticas arreciaban lentamente contra McMahon, se distanció de él, y Londres empezó a insinuar que se le podría dar un mejor uso, mediante una mano experimentada, a una madeja tan sutil y enredada.

Comoquiera que fuese, las cosas en el Hiyaz fueron de mal en peor.

  • No se proporcionó ningún enlace adecuado para las fuerzas árabes en campaña,
  • no se dio información militar a los jerifes,
  • no se sugirió ningún consejo táctico ni estrategia,
  • no se hizo ningún intento por averiguar las condiciones locales y adaptar los recursos materiales existentes de los Aliados para satisfacer sus necesidades.

A la Misión Militar Francesa (cuya presencia en el Hiyaz había sugerido la prudencia de Clayton para calmar a nuestros muy suspicaces aliados, llevándoles tras bambalinas y dándoles allí un propósito) se le permitió llevar a cabo una elaborada intriga contra el jerife Huséin en sus ciudades de Yida y La Meca, y proponerle tanto a él como a las autoridades británicas medidas que habrían arruinado su causa ante los ojos de todos los musulmanes.

Wingate, que ahora tenía el control militar de nuestra cooperación con el jerife, fue persuadido para desembarcar algunas tropas extranjeras en Rabigh, a medio camino entre Medina y La Meca, para la defensa de esta última y para frenar el nuevo avance de los revitalizados turcos desde Medina.

McMahon, en medio de la multitud de consejeros, se confundió y dio pie a Murray para clamar contra sus contradicciones. La revuelta árabe quedó desacreditada; y los oficiales de Estado Mayor en Egipto nos profetizaban jubilosos su inminente fracaso y que el cuello del jerife Huséin acabaría estirado en un cadalso turco.

Mi posición particular no era fácil. Como capitán de Estado Mayor a las órdenes de Clayton, en la Sección de Inteligencia de Sir Archibald Murray, estaba encargado de la «distribución» del ejército turco y de la confección de mapas.

Por inclinación natural había añadido a mis obligaciones la invención del Arab Bulletin, un boletín semanal secreto sobre la política de Oriente Medio; y, por necesidad, Clayton requería cada vez más de mis servicios en el ala militar de la Arab Bureau, el diminuto equipo de inteligencia y de Estado Mayor para asuntos exteriores que por entonces estaba organizando para McMahon.

A la postre, Clayton fue apartado del Estado Mayor General; y el coronel Holdich, oficial de inteligencia de Murray en Ismailia, ocupó su puesto al mando de nosotros. Su primera intención fue retener mis servicios; y, dado que era evidente que no me necesitaba, interpreté esto —no sin contar con algunos indicios amistosos— como una treta para mantenerme alejado del asunto árabe.

Decidí que tenía que escapar de inmediato, si es que alguna vez iba a hacerlo. Una solicitud directa fue denegada; así que recurrí a las estratagemas. Me volví, por teléfono (el Cuartel General estaba en Ismailia y yo en El Cairo), del todo intolerable para el Estado Mayor del Canal. Aproveché cada oportunidad para restregarles su relativa ignorancia e ineficiencia en el departamento de inteligencia (¡lo cual no era difícil!) y los irrité aún más con aires de suficiencia literaria, corrigiendo los infinitivos partidos al estilo de Shaw y las tautologías de sus informes.

En pocos días estaban irritados conmigo y al fin decidieron aguantarme más. Aproveché esta oportunidad estratégica para pedir diez días de permiso, diciendo que Storrs iba a Yida por asuntos de negocios con el Gran Xerife, y que a mí me gustaría tomarme unas vacaciones y dar un paseo por el mar Rojo con él.

No querían a Storrs y se alegraban de librarse de mí por el momento. Así que accedieron de inmediato y comenzaron a preparar para mi regreso algún apartado puesto oficial. Huelga decir que no tenía la intención de darles tal oportunidad, pues, aunque muy dispuesto a alquilar mi cuerpo para un servicio menor, dudaba en desperdiciar frívolamente mi mente.

Así que fui a ver a Clayton y le confesé mis asuntos; y él hizo los arreglos para que la Residencia solicitara por telegrama al Ministerio de Asuntos Exteriores mi traslado a la Oficina Árabe. El Ministerio de Asuntos Exteriores trataría directamente con el Ministerio de la Guerra; y el mando de Egipto no sabría nada hasta que todo hubiera terminado.

Storrs y yo nos marchamos entonces juntos, felices. En Oriente juraban que cruzar una plaza bordeando tres de sus lados era la manera decente; y mi truco para escapar iba en este sentido oriental. Pero me justificaba mi confianza en el éxito final de la Revuelta Árabe si se la asesoraba debidamente.

Yo había sido uno de los impulsores en sus inicios; mis esperanzas residían en ella. La subordinación fatalista de un soldado profesional (siendo la intriga desconocida en el ejército británico) habría hecho que un oficial de ley se cruzara de brazos a ver cómo su plan de campaña era arruinado por hombres que no le concedían importancia alguna y a cuyo espíritu no apelaba en absoluto.

Non nobis, Domine.

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