La vida en Wejh era interesante. Ya habíamos ordenado nuestro campamento. Faisal levantó sus tiendas (aquí un grupo opulento: tiendas de estar, de recepción, del estado mayor, de invitados, de sirvientes) a una milla más o menos del mar, en el borde de la plataforma de coral que ascendía suavemente desde la playa hasta terminar en un empinado desfiladero orientado al este y al sur sobre amplios valles que irradiaban como estrellas desde el puerto protegido.
Las tiendas de los soldados y los hombres de las tribus se agruparon en estos valles arenosos, dejándonos a nosotros las frías alturas; y los norteños la encontrábamos muy agradable por las tardes, cuando la brisa del mar nos traía un murmullo de olas, débil y lejano, como el eco del tráfico en una calle secundaria de Londres.
Inmediatamente debajo de nosotros estaban los ageyl, un grupo irregular y apretado de tiendas.
Al sur de estas se hallaban la artillería de Rasim y, hacíendole compañía, los ametralladores de Abdulla, en líneas regulares, con sus animales estacados en esas filas formales que eran incienso para el oficial profesional y convenían si el espacio era escaso.
Más afuera, el mercado se disponía llanamente sobre el suelo, con un oleaje hirviente de gente siempre en torno a las mercancías. Las tiendas y los refugios dispersos de los hombres de las tribus llenaban cada barranco o rincón sin viento.
Más allá del último de ellos se extendía el campo abierto, con partidas de camellos que entraban y salían junto a las palmeras desvencijadas del pozo más cercano y demasiado salobre. Como telón de fondo estaban las estribaciones, crestas y racimos semejantes a castillos arruinados, arrojados de forma escarpada hasta el horizonte de la cordillera costera.
Como era costumbre en Wejh acampar muy separados, muchísimo, mi vida transcurría yendo y viniendo, a las tiendas de Faisal, a las tiendas inglesas, a las tiendas del ejército egipcio, al pueblo, al puerto, a la estación de telegrafía sin hilos, pateando todo el día sin descanso por aquellos senderos de coral en sandalias o descalzo, endureciendo mis pies, adquiriendo poco a poco la capacidad de caminar con poco dolor sobre un suelo afilado y ardiente, templando mi cuerpo ya entrenado para un esfuerzo mayor.
Los árabes pobres se extrañaban de que yo no tuviera yegua; y me guardé de confundirlos con explicaciones incomprensibles sobre endurecer el cuerpo, o de confesar que prefería caminar antes que cabalgar para ahorrarles esfuerzo a los animales: sin embargo, lo primero era cierto y lo segundo cierto.
Algo hiriente para mi orgullo, desagradable, surgía al ver estas formas inferiores de vida. Su existencia proyectaba un reflejo servil sobre nuestra especie humana: la manera en que un Dios nos miraría; y valerse de ellas, contraer con ellas una obligación evitable, me parecía vergonzoso.
Ocurría lo mismo con los negros, que tocaban los tam-tam hasta enloquecer de furia cada noche bajo la cresta. Sus rostros, al ser claramente diferentes de los nuestros, eran tolerables; pero dolía que poseyeran exactas réplicas de todos nuestros cuerpos.
Feisal, en el interior, trabajaba día y noche en su política, en la que tan pocos de nosotros podíamos ayudar.
Afuera, la multitud nos empleaba y entretenía con desfiles, disparos de júbilo y marchas de la victoria.
También hubo accidentes.
- Cierta vez, un grupo que jugaba detrás de nuestras tiendas hizo estallar la bomba de un hidroavión, reliquia inservible de la toma de la ciudad por Boyle. En la explosión sus extremidades quedaron desparramadas por el campamento, salpicando la lona de un rojo que pronto se volvió marrón opaco y luego se desvaneció hasta quedar pálido. Feisal mandó a mudar las tiendas y ordenó destruir las ensangrentadas; los esclavos, frugales, las lavaron.
- Otro día se prendió fuego una tienda y medio asó a tres de nuestros invitados. El campamento se agolpó alrededor y rugió de risa hasta que el fuego se apagó y entonces, con bastante vergüenza, atendimos sus heridas.
- El tercer día, una yegua resultó herida por una bala perdida de júbilo y muchas tiendas fueron perforadas.
Una noche los ageil se amotinaron contra su comandante, ibn Dakhil, por multarlos con demasiada frecuencia y azotarlos con demasiada dureza.
Asaltaron su tienda, aullando y disparando, revolvieron sus cosas y golpearon a sus sirvientes. Como eso no bastaba para aplacar su furia, empezaron a acordarse de Yenbo y se fueron a matar a los ateiba.
Desde nuestro promontorio, Faisal vio sus antorchas y corrió descalzo entre ellos, repartiendo golpes con el plano de la espada como si fuera cuatro hombres. Su furia los detuvo mientras los esclavos y los jinetes, pidiendo ayuda, se precipitaban colina abajo entre acometidas, gritos y golpes de espada en su vaina.
Alguien le dio un caballo con el que cargó contra los cabecillas, mientras nosotros dispersábamos a los grupos disparando luces de bengala contra sus ropas. Solo dos murieron y treinta resultaron heridos.
Ibn Dakhil dimitió al día siguiente.
Murray nos había dado dos automóviles blindados, Rolls-Royces, liberados de la campaña en el África Oriental. Gilman y Wade los mandaban, y sus tripulaciones eran británicas, hombres del A.S.C. para conducir y del Cuerpo de Ametralladoras para disparar.
Tenerlos en Wejh nos complicó las cosas, porque los alimentos que habíamos estado comiendo y el agua que habíamos estado bebiendo fueron condenados de inmediato por los médicos; pero la compañía de los ingleses era un placer compensatorio, y la tarea de empujar coches y motocicletas a través de la arena desesperante en torno a Wejh resultó estupenda.
La feroz dificultad de conducir campo traviesa les dio a los hombres unos brazos de boxeadores, de modo que balanceaban los hombros con profesionalidad al caminar. Con el tiempo se volvieron expertos, desarrollando un estilo y un arte para conducir en arena, lo que les permitía cruzar con cuidado los terrenos más firmes y lanzarse a toda velocidad sobre los sectores blandos.
Uno de esos sectores blandos eran las últimas veinte millas de llanura frente a Jebel Raal. Los automóviles solían cruzarla en poco más de media hora, saltando de loma en loma de las dunas y oscilando peligrosamente en sus curvas.
A los árabes les encantaban los nuevos juguetes. A las bicicletas las llamaban caballos del diablo, hijos de los automóviles, que a su vez eran hijos e hijas de los trenes. El resultado eran tres generaciones de transporte mecánico.
La Marina aumentó enormemente nuestros intereses en Wejh. Boyle envió al Espiegle como buque de estación, con las deliciosas órdenes de «hacer todo lo posible para cooperar en los muchos planes que le sugiriera el coronel Newcombe, dejando ver claramente al mismo tiempo que estaba concediendo un favor».
Su comandante Fitzmaurice (un buen nombre en Turquía) era el alma de la hospitalidad y encontraba una serena diversión en nuestro trabajo en tierra. Nos ayudó de mil maneras; sobre todo con las señales, pues era un experto en telegrafía sin hilos, y un día, a mediodía, el Northbrook entró en el puerto y desembarcó para nosotros un equipo de radio del ejército sobre un camión ligero.
Como no había nadie que nos lo explicara, estábamos desconcertados; pero Fitzmaurice acudió corriendo a tierra con la mitad de su tripulación, llevó el vehículo a un emplazamiento adecuado, montó los mástiles profesionalmente, puso en marcha el motor y realizó las conexiones con tal eficacia que, antes del atardecer, había llamado al atónito Northbrook y mantenido una larga conversación con su operador.
La estación aumentó la eficacia de la base en Wejh y estuvo ocupada día y noche, llenando el mar Rojo de mensajes en tres lenguas y veinte clases diferentes de códigos cifrados del ejército.