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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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I

Algo de la maldad de nuestra historia puede haber sido inherente a nuestras circunstancias.

Durante años vivimos como pudimos unos con otros en el desierto desnudo, bajo el cielo indiferente.

De día el sol caliente nos fermentaba; y nos aturdía el viento batiente.

De noche nos manchaba el rocío, y las innumerables silencios de las estrellas nos avergonzaban rebajándonos a la mezquindad.

Éramos un ejército egocéntrico sin desfile ni gesto, devoto de la libertad, el segundo de los credos del hombre, un propósito tan devorador que consumió todas nuestras fuerzas, una esperanza tan transcendente que nuestras primeras ambiciones se desvanecieron en su fulgor.

A medida que pasaba el tiempo, nuestra necesidad de luchar por el ideal se incrementó hasta convertirse en una posesión incuestionable, cabalgando con espuelas y riendas por encima de nuestras dudas.

Quiérase o no, se convirtió en una fe. Nos habíamos vendido a su esclavitud, nos habíamos encadenado juntos en su cuadrilla de forzados, nos habíamos inclinado para servir a su santidad con todo nuestro buen y mal contento.

La mentalidad de los esclavos humanos ordinarios es terrible —han perdido el mundo—, y nosotros nos habíamos entregado, no solo en cuerpo, sino en alma, a la avidez subyugante de la victoria. Por nuestro propio acto habíamos quedado vaciados de moralidad, de volición, de responsabilidad, como hojas muertas en el viento.

La perpetua batalla nos despojó del cuidado de nuestras propias vidas y de las ajenas. Teníamos sogas al cuello y precios sobre nuestras cabezas que demostraban que el enemigo nos tenía reservadas torturas horribles si éramos capturados.

Cada día algunos de los nuestros perecían; y los vivos se sabían apenas títeres conscientes en el gran teatro de Dios: en verdad, nuestro capataz era despiadado, despiadado, mientras nuestros maltrechos pies pudieran avanzar tambaleándose por el camino.

  • Los débiles envidiaban a los lo suficientemente cansados como para morir; pues el éxito parecía muy lejano, y el fracaso, una liberación cercana y segura, aunque agónica, de la fatiga.
  • Vivíamos siempre en la tensión o el abatimiento de los nervios, ya en la cresta o ya en el seno de las olas de la emoción.

Esta impotencia nos amargaba y nos hacía vivir solo para el horizonte visible, indiferentes a qué maldad infligíamos o padecíamos, puesto que la sensación física se revelaba mezquinamente transitoria.

Ráfagas de crueldad, perversiones y pasiones recorrían levemente la superficie sin inquietarnos; pues las leyes morales que habían parecido rodear de empalizadas estos tontos accidentes debían ser palabras aún más tenues.

Habíamos aprendido que existían punzadas demasiado agudas, pesares demasiado profundos y éxtasis demasiado elevados para que nuestros seres finitos los registraran. Cuando la emoción alcanzaba ese punto, la mente se asfixiaba; y la memoria se blanqueaba hasta que las circunstancias volvían a ser rutinarias.

Tal exaltación del pensamiento, si bien dejaba al espíritu a la deriva y le otorgaba libertad en aires extraños, le hizo perder el viejo y paciente dominio sobre el cuerpo.

El cuerpo era demasiado basto para sentir lo sumo de nuestras penas y de nuestras alegrías. Por lo tanto, lo abandonamos como a un trasto viejo: lo dejamos atrás para marchar hacia adelante, un simulacro respiratorio, en su propio nivel desprovisto de ayuda, sujeto a influencias de las cuales en tiempos normales nuestros instintos se habrían encogido.

Los hombres eran jóvenes y robustos; y la carne y la sangre calientes reclamaban inconscientemente un derecho en ellos y atormentaban sus entrañas con extraños anhelos. Nuestras privaciones y peligros avivaron este ardor viril, en un clima tan torturante como pueda concebirse.

No teníamos recintos cerrados para estar a solas, ni ropas gruesas para ocultar nuestra naturaleza. El hombre, en todas las cosas, convivía francamente con el hombre.

El árabe era por naturaleza continente; y la práctica del matrimonio universal casi había abolido las costumbres irregulares en sus tribus. Las mujeres públicas de los escasos asentamientos que encontramos en nuestros meses de peregrinaje no habrían significado nada para nuestro número, aun cuando su carne ajada hubiera sido apetecible para un hombre de partes sanas.

Con horror ante tal comercio sórdido, nuestros jóvenes comenzaron con indiferencia a calmar las escasas necesidades de los unos en los cuerpos limpios de los otros: una conveniencia fría que, en comparación, parecía asexual e incluso pura.

Más tarde, algunos comenzaron a justificar este proceso estéril, y juraban que los amigos que temblaban juntos en la arena flexible con ardientes extremidades íntimas en supremo abrazo, hallaban allí, oculto en la oscuridad, un coeficiente sensual de la pasión mental que estaba fundiendo nuestras almas y espíritus en un esfuerzo llameante.

Varios, sedientos de castigar apetitos que no podían evitar por completo, tomaron un orgullo salvaje en degradar el cuerpo, y se ofrecieron con fiereza a cualquier práctica que prometiera dolor físico o inmundicia.

Fui enviado a estos árabes como un extraño, incapaz de pensar sus pensamientos o suscribir sus creencias, pero encargado por el deber de conducirlos hacia adelante y desarrollar al máximo cualquier movimiento suyo que fuera provechoso para Inglaterra en su guerra.

Si no podía asumir su carácter, al menos podía ocultar el mío y pasar entre ellos sin fricción evidente, ni como una discordancia ni como un crítico, sino como una influencia inadvertida.

Dado que fui su compañero, no seré su apologista ni su defensor. Hoy, con mis viejas vestiduras, podría hacer el papel de espectador, obediente a las sensibilidades de nuestro teatro... pero es más honesto consignar que entonces estas ideas y acciones transcurrieron de manera natural. Lo que ahora parece gratuito o sádico parecía en el campo inevitable, o simplemente una rutina sin importancia.

Siempre teníamos las manos manchadas de sangre: teníamos autorización para ello. Las heridas y la muerte parecían dolores efímeros, tan breves y dolorosa era nuestra vida. Con una pena de vivir tan grande, la pena del castigo tenía que ser implacable. Vivíamos al día y por el día moríamos. Cuando había razón y deseo de castigar, escribíamos nuestra lección con pistola o látigo de inmediato en la carne huraña del sufridor, y el caso quedaba sin apelación. El desierto no ofrecía las refinadas y lentas penas de los tribunales y las cárceles.

Por supuesto, nuestras recompensas y placeres eran tan repentinamente abrumadores como nuestros problemas; pero, para mí en particular, pesaban menos.

Las costumbres de los beduinos eran duras incluso para quienes se habían criado en ellas, y para los extranjeros terribles: una muerte en vida. Cuando la marcha o la fatiga terminaban, no me quedaban energías para registrar las sensaciones, ni mientras duraban tenía tiempo libre para contemplar la belleza espiritual que a veces nos salía al paso en el camino.

En mis notas, lo cruel encontró lugar antes que lo hermoso. Sin duda disfrutábamos más de los raros momentos de paz y olvido; pero yo recuerdo más la agonía, los terrores y los errores.

Nuestra vida no se resume en lo que he escrito (hay cosas que no deben repetirse a sangre fría por pura vergüenza); pero lo que he escrito estaba en nuestra vida y formaba parte de ella.

Ruego a Dios que los hombres que lean esta historia no salgan, por amor al encanto de lo exótico, a prostituirse a sí mismos y a sus talentos sirviendo a otra raza.

Un hombre que se entrega para ser posesión de alienígenas lleva una vida de Yahoos, tras haber vendido su alma a un amo bestial. No es uno de ellos. Puede oponerse a ellos, autoconvencerse de una misión, golpearlos y retorcerlos hasta convertirlos en algo que ellos, por voluntad propia, no habrían sido.

Entonces está explotando su antiguo entorno para expulsarlos del de ellos. O, según mi modelo, puede imitarlos tan bien que ellos lo imitan a él falsamente como respuesta. Entonces está regalando su propio entorno: fingiendo adoptar el de ellos; y las farsas son cosas huecas y sin valor.

En ninguno de los dos casos hace algo por sí mismo, ni algo tan puro como para ser suyo (sin pensar en la conversión), dejando que ellos tomen la acción o reacción que les plazca a partir del ejemplo silencioso.

En mi caso, el esfuerzo de estos años por vivir con el atuendo de los árabes e imitar su cimiento mental me despojó de mi yo inglés, y me permitió mirar a Occidente y a sus convenciones con ojos nuevos: me lo destruyeron todo.

Al mismo tiempo, no podía adoptar con sinceridad la piel árabe: no era más que una afectación. Con facilidad se hacía uno infiel, pero difícilmente podía convertirse a otra fe. Había abandonado una forma sin adoptar la otra, y me había vuelto como el féretro de Mahoma en nuestra leyenda, con el resultante sentimiento de intensa soledad en la vida, y un desprecio, no hacia los demás hombres, tal vez, sino hacia todo cuanto hacen.

Tal desprendimiento sobrevenía a veces a un hombre agotado por un esfuerzo físico prolongado y el aislamiento. Su cuerpo avanzaba penosamente de forma mecánica, mientras su mente racional lo abandonaba y, desde fuera, lo contemplaba con sentido crítico, preguntándose qué hacía ese trasto inútil y por qué.

A veces estos yoes conversaban en el vacío; y entonces la locura estaba muy cerca, como creo que lo estaría del hombre que pudiera ver las cosas a través de los velos de dos costumbres, dos educaciones, dos entornos a la vez.

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