Octubre, en consecuencia, fue un mes de expectación para nosotros, conscientes de que Allenby, con Bols y Dawnay, estaba planeando atacar la línea de Gaza-Beerseba; mientras que los turcos, un ejército bastante pequeño pero fuertemente atrincherado, con excelentes comunicaciones laterales, se veían vanagloriados por sucesivas victorias hasta imaginar que todos los generales británicos eran incompetentes para conservar lo que sus tropas les habían ganado a base de pura y dura lucha.
Se engañaban a sí mismos. La llegada de Allenby había rehecho a los ingleses. La amplitud de su personalidad barrió la neblina de los celos privados o departamentales tras la cual Murray y sus hombres habían trabajado.
El general Lynden Bell cedió su puesto al general Bols, jefe de estado mayor de Allenby en Francia, un hombre bajito, rápido, valiente y agradable; un soldado táctico tal vez, pero sobre todo un admirable y desvaído contraste para Allenby, quien solía distenderse con Bols.
Por desgracia, ninguno de los dos tenía la capacidad de elegir a sus hombres; pero el criterio de Chetwode los completó con Guy Dawnay como tercer miembro del estado mayor.
Bols no tenía jamás una opinión, ni conocimiento alguno. Dawnay era pura inteligencia. Le faltaba el entusiasmo de Bols, y el impulso sereno y la comprensión humana de Allenby, que era el hombre por quien los hombres trabajaban, la imagen a la que adorábamos.
La mente fría y huidiza de Dawnay contemplaba nuestros esfuerzos con mirada desolada, siempre pensando, pensando. Bajo esta superficie matemática ocultaba convicciones apasionadas y polifacéticas, una erudición razonada en la guerra superior y la brillante amargura de un juicio decepcionado de nosotros y de la vida.
Era el menos profesional de los soldados, un banquero que leía historia griega, un estratega sin complejos y un poeta ardiente con fortaleza sobre las cosas cotidianas.
Durante la guerra había tenido el dolor de planificar el ataque en Suvla (arruinado por tácticos incompetentes) y la batalla por Gaza.
A medida que cada una de sus obras era arruinada, se retiraba más hacia las durezas de un orgullo helado, pues era de la madera de los fanáticos.
Allenby, al no ver su descontento, lo interrumpió; y Dawnay respondió poniendo al servicio del avance sobre Jerusalén todo el talento del que iba sobrado. La cordial unión de dos hombres así hizo que la posición de los turcos fuera desesperada desde el principio.
Sus caracteres divergentes se reflejaban en el intrincado plan. Gaza había sido fortificada a escala europea con línea tras línea de defensas en la reserva. Era de manera tan obvia el punto más fuerte del enemigo, que el alto mando británico la había elegido dos veces para un ataque frontal.
Allenby, recién llegado de Francia, insistió en que cualquier nuevo asalto debía ser ejecutado por un número abrumador de hombres y cañones, y su empuje mantenido mediante cantidades enormes de transporte de todo tipo. Bols asintió con la cabeza en señal de aprobación.
Dawnay no era hombre de librar una batalla frontal. Buscó destruir la fuerza del enemigo con el menor alboroto posible.
Como un maestro de la política, utilizó al brusco general como tapadera para el grado máximo de una astucia justificable. Aconsejó una ofensiva en el extremo más alejado de la línea turca, cerca de Beersheba.
Para que su victoria fuera económica, quería que la fuerza principal del enemigo estuviera tras Gaza, lo cual se garantizaría mejor si la concentración británica se ocultaba de modo que los turcos creyeran que el ataque por el flanco era una finta superficial. Bols asintió con la cabeza.
En consecuencia, los movimientos se realizaron con gran secreto; pero Dawnay encontró un aliado en su personal de inteligencia, que le aconsejó ir más allá de las precauciones negativas y dar al enemigo información específica (y falazmente errónea) sobre los planes que estaba madurando.
Este aliado era Meinertzhagen, un estudiante de aves migratorias abocado al oficio de las armas, cuyo ardiente e inmoral odio hacia el enemigo se manifestaba tan pronto en el engaño como en la violencia. Persuadió a Dawnay; Allenby accedió a regañadientes; Bols dio su asentimiento, y la obra comenzó.
Meinertzhagen no conocía los puntos medios. Era lógico, un idealista empedernido, y tan poseído por sus convicciones que estaba dispuesto a enganchar el mal al carro del bien.
Era un estratega, un geógrafo y un hombre silencioso, risueño y dominante; que disfrutaba con tanta alegría engañando a su enemigo (o a su amigo) mediante alguna broma sin escrúpulos, como desparramando uno a uno los sesos de una turba acorralada de alemanes con su knob-kerri africano. Sus instintos se veían secundados por un cuerpo inmensamente vigoroso y un cerebro salvaje, que elegía el mejor camino para su propósito, sin verse estorbado por la duda o la costumbre.
Meiner ideó unos documentos falsos del ejército, minuciosos y confidenciales, que para un oficial de estado mayor entrenado indicarían posiciones erróneas de la formación principal de Allenby, una dirección equivocada del inminente ataque y una fecha con varios días de retraso. A esta información se llegaba mediante sutiles pistas dadas en mensajes de radio cifrados.
Cuando supo que el enemigo los había interceptado, Meinertzhagen cabalgó con sus libretas de notas en misión de reconocimiento. Avanzó hasta que el enemigo lo vio. En la consiguiente galopada perdió todo su equipo suelto y por poco la vida, pero se vio recompensado al ver las reservas enemigas retenidas tras Gaza y todos sus preparativos girados hacia la costa y rebajados en su urgencia. Simultáneamente, una orden del ejército de Alí Fuad Pasha advertía a su estado mayor contra la costumbre de llevar documentos a la línea de frente.
Nosotros, en el frente árabe, éramos muy íntimos del enemigo. Nuestros oficiales árabes habían sido oficiales turcos y conocían personalmente a todos los líderes del otro bando. Habían recibido el mismo entrenamiento, pensaban igual, compartían el mismo punto de vista.
Practicando modos de aproximación con los árabes, podíamos explorar a los turcos: comprender sus mentes, casi meternos en ellas. La relación entre nosotros y ellos era total, pues la población civil de la zona enemiga era íntegramente nuestra sin necesidad de paga ni persuasión. En consecuencia, nuestro servicio de inteligencia era el más amplio, completo y seguro imaginable.
Conocíamos, mejor que Allenby, la oquedad del enemigo y la magnitud de los recursos británicos. Subestimamos el efecto paralizante de la artillería demasiado abundante de Allenby, y la pesada complejidad de su infantería y su caballería, que solo se movían con una lentitud reumática. Esperábamos que a Allenby se le concediera un mes de buen tiempo; y, en ese caso, confiábamos en verle tomar, no solo Jerusalén, sino también Haifa, barriendo a los turcos hacia la ruina a través de las colinas.
Tal sería nuestro momento, y debíamos estar preparados para él en el lugar donde nuestro peso y nuestras tácticas fuesen menos esperados y más dañinos.
Para mis ojos, el centro de atracción era Deraa, el cruce de los ferrocarriles de Jerusalén-Haifa-Damasco-Medina, el ombligo de los ejércitos turcos en Siria, el punto común de todos sus frentes; y, por casualidad, una zona en la que yacían grandes reservas intactas de combatientes árabes, educados y armados por Feisal desde Ácaba.
Podíamos utilizar allí a los Rualla, los Serahin, los Serdiyeh, los Khoreisha; y, mucho más fuertes que las tribus, los pueblos sedentarios de Haurán y el Jebel Druso.
Me pregunté durante un tiempo si no debíamos convocar a todos estos partidarios y atacar las comunicaciones turcas con toda la fuerza. Estábamos seguros, con una mínima organización, de doce mil hombres: suficientes para tomar Deraa por asalto, destrozar todas las líneas férreas, e incluso tomar Damasco por sorpresa. Cualquiera de estas acciones volvería crítica la situación del ejército de Berseba; y mi tentación de jugarme nuestro capital de inmediato en la jugada fue muy grande.
No era la primera ni la última vez que el servicio a dos amos me molestaba. Yo era uno de los oficiales de Allenby y contaba con su confianza; a cambio, él esperaba que hiciera por él lo mejor posible. Yo era el consejero de Faysal, y Faysal confiaba tanto en la honestidad y competencia de mi consejo que a menudo lo aceptaba sin discutir. Sin embargo, no podía explicar a Allenby toda la situación árabe, ni revelar a Faysal el plan británico al completo.
Los lugareños nos suplicaban que fuéramos. El jeque Talal el Hareidhin, líder de la región hueca en torno a Deraa, envió recados reiterados de que, con unos pocos de nuestros jinetes como prueba de apoyo árabe, nos entregaría Deraa.
Tal hazaña habría resuelto el asunto de Allenby, pero no era una que Faysal pudiera permitirse escrupulosamente a menos que tuviera una esperanza razonable de establecerse allí a continuación. La toma repentina de Deraa, seguida de una retirada, habría acarreado la masacre, o la ruina, de todo el espléndido campesinado de la comarca.
Solo podían alzarse una vez, y su esfuerzo en aquella ocasión debía ser decisivo. Convocarlos ahora era arriesgar el mejor recurso que Feisal tenía para lograr el éxito final, basándose en la especulación de que el primer ataque de Allenby barrería al enemigo ante sí y de que el mes de noviembre no tendría lluvias, siendo favorable para un avance rápido.
Pesar en mi mente al ejército inglés y no pude asegurarme de él con honradez. A menudo los hombres eran combatientes valientes, pero sus generales con la misma frecuencia regalaban en estupidez lo que habían ganado en ignorancia.
Allenby era un completo novato, nos lo habían enviado desde Francia con un historial no del todo impecable, y sus tropas se habían desmoronado durante el periodo del Sinaí y habían quedado destrozadas por él.
Por supuesto, luchábamos por una victoria de los Aliados y, dado que los ingleses eran los socios principales, los árabes tendrían, en última instancia, que ser sacrificados por ellos. ¿Pero era la última instancia? La guerra, en general, no iba ni muy bien ni muy mal, y parecía como si pudiera haber tiempo para otro intento el próximo año.
Así que decidí posponer el riesgo por el bien de los árabes.