Estaba demasiado cansado, y con muy pocas ganas de aventuras, como para desiarme del camino recto por todas las bestias raras del mundo; así que cabalgué tras la caravancera, a la que mi camello dio alcance rápidamente con su tranco más largo.
A la cola iban mis hombres, a pie. Temían que algunos de sus animales estuvieran muertos antes del anochecer si el viento soplaba con más fuerza, pero los llevaban de la brida con la esperanza de poder meterlos.
Admiré el contraste entre Mohammed, el campesino vigoroso y de pies pesados, y el ágil Ageyl, con Farraj y Daud bailando a lo largo del camino, descalzos, delicados como purasangres.
Solo Gasim no estaba allí: creían que se encontraba entre los Howeitat, pues su mal humor ofendía a la soldadesca risueña y lo mantenía por lo común con los beduinos, que eran más de su calaña.
No había nadie detrás, así que avancé deseando ver cómo estaba su camello; y al fin lo encontré, sin jinete, siendo llevado por uno de los Howeitat. Sus alforjas estaban en él, y su fusil y su comida, pero él por ninguna parte; poco a poco fuimos comprendiendo que el infeliz hombre se había perdido.
Este era un asunto terrible, pues en la bruma y el espejismo la caravana no se podía ver a dos millas, y sobre el suelo de hierro no dejaba huellas: a pie jamás nos alcanzaría.
Todos habían seguido marchando, creyéndole en otra parte de nuestra dispersa fila; pero había pasado mucho tiempo y era casi mediodía, así que debía de estar a millas de distancia.
Su camello cargado era la prueba de que no se le había olvidado dormido en nuestra parada nocturna. Los ageyl sugirieron que tal vez se había dormido en la silla y había caído, aturdiéndose o matándose: o quizás alguien del grupo le guardaba algún rencor.
De todos modos, no lo sabían. Era un desconocido de mal carácter, responsabilidad de ninguno de ellos, y no les importaba demasiado.
Cierto: pero era cierto también que Mohammed, su compatriota y paisano, que técnicamente era su compañero de viaje, no sabía nada del desierto, tenía un camello cojo y no podía volver atrás por él.
Si lo enviaba, sería un asesinato. Eso trasladó la dificultad a mis hombros.
Los howeitat, que habrían ayudado, estaban lejos, en el espejismo fuera de la vista, cazando o explorando. Los ageyl de Ibn Dgheithir eran tan clánicos que no se esforzaban los unos por los otros. Además, Gasim era mi hombre, y sobre mí recaía la responsabilidad de él.
Miré con debilidad a mis hombres que caminaban con dificultad, y por un momento me pregunté si podría cambiar de puesto con uno, enviándolo de vuelta en mi camello al rescate.
Mi elusión del deber sería comprendida, porque yo era un extranjero: pero esa era precisamente la excusa que no me atrevía a esgrimir, mientras todavía pretendía ayudar a estos árabes en su propia revuelta.
De todos modos, era difícil para un extraño influir en el movimiento nacional de otro pueblo, y doblemente difícil para un cristiano y una persona sedentaria dominar a los nómadas musulmanes. Me lo haría imposible a mí mismo si reclamaba, simultáneamente, los privilegios de ambas sociedades.
Así, sin decir nada, di media vuelta a mi reacia camella y la obligué, mientras gruñía y se lamentaba por sus compañeros camellos, a pasar de nuevo junto a la larga fila de hombres y al equipaje, hacia la vacuidad de atrás.
Mi genio era de lo menos heroico, pues estaba furioso con mis otros sirvientes, con mi propia representación teatral de beduino y, sobre todo, con Gasim, un tipo desdentado y gruñón, esquiador en todas nuestras marchas, de mal genio, suspicaz, brutal, un hombre cuya contratación lamentaba y de quien había prometido librarme tan pronto como llegáramos a un lugar de dispensa.
Parecía absurdo que arriesgara mi peso en la aventura árabe por un solo hombre sin valor.
Mi camella parecía sentirlo también, a juzgar por sus profundos gruñidos; pero eso era un recurso constante de los camellos maltratados. Desde la infancia estaban acostumbrados a vivir en manadas, y algunos se volvían demasiado convencionales para marchar solos: mientras que ninguno abandonaba su grupo habitual sin ruidosas muestras de dolor y desgana, como las que la mía estaba mostrando.
Giró la cabeza hacia atrás sobre su largo cuello, mugiendo al resto, y caminó muy despacio y a los botes. Requería una guía cuidadosa mantenerla en el camino, y un toque de mi bastón a cada paso para hacerla avanzar.
Sin embargo, al cabo de una milla o dos, se sintió mejor y comenzó a marchar hacia adelante con menos rigidez, aunque aún despacio. Había estado tomando nota de nuestra dirección todos estos días con mi brújula de aceite y esperaba, con su ayuda, regresar casi a nuestro punto de partida, a diecisiete millas de distancia.
Antes de veinte minutos, la caravana se perdió de vista, y caí en la cuenta de cuán verdaderamente estéril era la Biseita. Sus únicas señales eran los viejos pozos de samh cubiertos de arena, y crucé por todos los posibles porque las huellas de mi camello quedarían marcadas en ellos, sirviendo de jalones en el camino de vuelta.
Este samh era la harina silvestre de los sherarat; quienes, pobres de todo excepto de ganado camellar, se hacían los remilgados de encontrar que el desierto bastaba para cada una de sus necesidades. Mezclado con dátiles y reblandecido con mantequilla, resultaba un buen alimento.
Las hoyas, pequeñas eras, se hacían apartando los pedernales sobre un círculo de diez pies de diámetro.
Los pedernales, amontonados alrededor del borde de la hoya, la hacían tener unas pocas pulgadas de profundidad, y en este lugar hueco las mujeres recogían y desgranaban la pequeña semilla roja.
Los vientos constantes, que desde entonces barrían sobre ellas, no podían en verdad restituir la superficie de pedernal (eso tal vez lo haría la lluvia en miles de inviernos), pero las habían nivelado con pálida arena soplada, de modo que las hoyas eran ojos grises en la superficie negra y pedregosa.
Había cabalgado durante hora y media, con desahogo, pues la brisa a favor me había permitido quitarme la costra de los ojos rojos y mirar al frente casi sin dolor: cuando vi una figura, o un arbusto grande, o al menos algo negro más adelante.
El espejismo cambiante disfrazaba la altura o la distancia; pero esta cosa parecía moverse, un poco al este de nuestro rumbo. Por si acaso, giré la cabeza de mi camello hacia allí, y en pocos minutos vi que era Gasim.
Cuando lo llamé, se quedó confuso; me acerqué a caballo y vi que estaba casi ciego y atontado, de pie allí con los brazos extendidos hacia mí y la boca negruzca abierta de par en par. Los Ageyl habían metido nuestra última agua en mi odre, y él la derramó desesperado sobre su cara y su pecho, con prisa por beber. Dejó de parlotear y comenzó a lamentar sus penas.
Lo senté, a la grupa, sobre los cuartos traseros del camello; luego arreé al animal y monté.
A nuestro turno la bestia pareció aliviada y avanzó con soltura. Fijé un rumbo de brújula exacto, tan exacto que a menudo encontraba nuestras viejas huellas, como pequeños surtidores de arena más pálida esparcidos sobre el pedernal pardo-negruzco.
A pesar de nuestro doble peso, el camello comenzó a alargar el paso y, a veces, incluso bajaba la cabeza y durante unos cuantos trancos desarrollaba ese trote rápido y comodísimo al que los mejores animales, de jóvenes, eran enseñados por jinetes expertos. Esta prueba de espíritu de reserva en ella me regocijó, al igual que el poco tiempo perdido en la búsqueda.
Gasim se lamentaba de manera impresionante por el dolor y el terror de su sed: le mandé que se callara; pero él continuó, y empezó a ir mal sentado; hasta que a cada paso del camello se desplomaba sobre sus cuartos traseros con un golpe seco que, al igual que sus gritos, la incitaba a marchar más deprisa.
Había peligro en esto, pues con facilidad podíamos agotarla hasta reventarla. De nuevo le mandé que se callara, y como lo único que hizo fue chillar más fuerte, le golpeé y le juré que a la menor señal de otro ruido lo tiraría del animal. La amenaza, a la que mi furia general daba crédito, surtió efecto. Después de ella se aferró tenazmente sin emitir sonido.
No habían pasado cuatro millas cuando volví a ver una burbuja negra, que avanzaba a zancadas y se balanceaba en el espejismo más adelante. Se dividió en tres y se hinchó. Me preguntué si serían enemigos.
Un minuto después, la neblina se despejó con la desconcertante brusquedad de una ilusión; y era Auda con dos de los hombres de Nasir que habían vuelto a buscarme. Les grité bromas y burlas por abandonar a un amigo en el desierto. Auda se besó la barba y gruñó que, de haber estado él presente, yo jamás habría regresado.
Gasim fue trasladado entre insultos a la almohadilla de la silla de montar de un jinete mejor, y avanzamos juntos al trote corto.
Auda señaló a la patética figura encorvada y me denunció: «¡Por esa cosa, que no vale lo que un camello...». Le interrumpí diciendo: «No vale media corona, Auda», y él, regocijándose en su mente simple, se acercó a Gasim y lo golpeó con fuerza, intentando hacerle repetir su precio como un loro. Gasim mostró sus dientes rotos en una mueca de rabia y luego siguió taciturno.
Al cabo de otra hora estábamos tras los camellos de carga, y mientras avanzábamos a lo largo de la curiosa fila de nuestra caravana, Auda repitió mi broma a cada par, tal vez unas cuarenta veces en total, hasta que hube comprobado del todo su poca gracia.
Gasim explicó que se había apeado para hacer sus necesidades, y que luego había perdido de vista al grupo en la oscuridad; pero, evidentemente, se había quedado dormido donde desmontó, vencido por la fatiga de nuestra lenta y calurosa marcha.
Nos reunimos con Nasir y Nesib en la vanguardia. Nesib estaba molesto conmigo por poner en peligro la vida de Auda y la mía por un capricho. Le parecía evidente que yo contaba con que volverían por mí. Nasir se mostró consternado ante su visión mezquina, y Auda se regocijó restregándole a un hombre de la ciudad la paradoja entre la tribu y la urbe; la responsabilidad colectiva y la hermandad grupal del desierto, en contraste con el aislamiento y la vida competitiva de las regiones superpobladas.
Sobre este pequeño asunto habían pasado las horas, y el resto del día no pareció tan largo; aunque el calor empeoró y el chorro de arena endureció en nuestros rostros hasta que el aire pudo verse y oírse, silbando junto a nuestros camellos como el humo.
El terreno era plano y sin rasgos distintivos hasta las cinco, cuando vimos montículos bajos más adelante, y un poco más tarde nos encontramos en una paz relativa, en medio de dunas de arena cubiertas tenuemente de tamariscos. Eran los Kaseim de Sirhan.
Los arbustos y las dunas rompían el viento, era el atardecer, y la tarde se suavizó y enrojeció sobre nosotros desde el oeste. Así escribí en mi diario que Sirhan era hermoso.
Palestina se convirtió en una tierra de leche y miel para aquellos que habían pasado cuarenta años en el Sinaí; Damasco tenía el nombre de paraíso terrenal para las tribus que solo podían entrar en ella tras semanas y semanas de penosa marcha sobre los pedernales de este desierto septentrional; y, de igual modo, los Kaseim de Arfaja en los que pasamos aquella noche, después de cinco días cruzando el abrasador Houl contra viento y marea de una tormenta de arena, parecían frescos y campestres.
Se elevaban apenas unos pies sobre la Biseita, y desde ellos los valles parecían descender hacia el este en dirección a una enorme depresión donde se hallaba el pozo que buscábamos; pero ahora que habíamos cruzado el desierto y alcanzado el Sirhan a salvo, el terror a la sed había quedado atrás y sabíamos que la fatiga era nuestro principal mal.
Así que acordamos acampar por la noche allí mismo y encender hogueras de señales para el esclavo de Nuri Shaalan, quien, al igual que Gasim, había desaparecido de nuestra caravana hoy.
No nos inquietaba gran cosa por su cuenta. Conocía el país y llevaba su camello. Podría ser que hubiera tomado intencionadamente el camino directo a Yauf, la capital de Nuri, para ganar la recompensa de ser el primero en dar la noticia de que veníamos con presentes.
Fuera como fuese, no vino esa noche ni al día siguiente; y cuando, meses después, le pregunté a Nuri por él, me respondió que su cuerpo reseco había sido hallado poco antes, tendido junto a su camello sin saquear, muy adentro en el desierto.
Debía de haberse perdido en la bruma de arena y haber vagado hasta que su camello no pudo más; y allí murió de sed y de calor. No una muerte larga —incluso para el más fuerte, un segundo día en verano era todo—, sino muy dolorosa; pues la sed era una dolencia activa; un miedo y un pánico que desgarraban el cerebro y reducían al hombre más valiente a un maníaco tambaleante y balbuceante en una hora o dos: y entonces el sol lo mataba.