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Libro I. Clío

que él, dado que aspiraba al poder, se mostró íntegro y justo, y al obrar así se ganó no pocas alabanzas de sus conciudadanos, a tal punto que los habitantes de las otras aldeas, al enterarse de que Deyoces era un hombre que como ningún otro dictaba sentencias justas —ya que antes de esto solían sufrir a causa de fallos inicuos—, al oírlo acudieron también con agrado a Deyoces para que resolviera sus pleitos, y al fin ya no confiaron este asunto a nadie

  1. Luego, como cada vez acudía a él más y más gente de manera continua, porque los hombres se enteraban de que sus fallos resultaban conformes a la verdad, Deyoces, al percibir que todo se le remitía a él solo, ya no quiso sentarse en el lugar donde solía sentarse antes en público para juzgar los pleitos, y declaró que no juzgaría más pleitos, pues no le resultaba provechoso descuidar sus propios asuntos y juzgar los pleitos de sus vecinos durante todo
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