Naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en las facultades del cuerpo y del espíritu que, si bien un hombre es a veces manifiestamente más fuerte de cuerpo, o de más rápido entendimiento que otro, cuando se toma todo en cuenta, la diferencia entre hombre y hombre no es tan considerable como para que un hombre pueda reclamar para sí mismo cualquier beneficio al que otro no pueda aspirar tan bien como él.
Porque en cuanto a la fuerza corporal, el más débil tiene bastante fuerza para matar al más fuerte, ya sea mediante maquinación secreta o confederándose con otros que se encuentran en el mismo peligro que él.
Y en cuanto a las facultades de la mente (dejando a un lado las artes basadas en las palabras, y especialmente esa habilidad de proceder según reglas generales e infalibles llamada Ciencia, que muy pocos poseen, y solo en pocas cosas, por no ser una facultad nativa con la que nacemos, ni adquirida, como la Prudencia, mientras buscamos otra cosa), hallo aún mayor igualdad entre los hombres que la de la fuerza. Pues la Prudencia no es sino Experiencia, que un tiempo igual otorga por igual a todos los hombres en aquellas cosas a las que se aplican por igual. Lo que acaso pueda hacer increíble tal igualdad no es sino la vanidosa concepción de la propia sabiduría, que casi todos los hombres creen